Qué lindas las arvejas

Foto: Sara Nieto

qué lindas las arvejas que crecen libres al borde de los caminos en primavera

nadie les presta atención

a menudo se las pisa, se las arranca sin miramientos

solo son malas hierbas inservibles un estorbo en el gris asfalto

qué importa que sean bellas o que tengan algo que decir

a veces recojo algunos tallos y les doy acomodo en un jarrón

las pongo en la cocina y me acompañan mientras decidido si tengo hambre o no.

Tener un pueblo

Jugar en la calle arrastrándose por el suelo.

Olvidarse de las pantallas. Sentir en sol en la piel, el batir de las alas de las cigüeñas en su ir y venir al nido del campanario.

Las golondrinas y gorriones atareados criando polluelos.

Los gatos y los perros paseando a sus anchas.

Las ranas croando en la charca. Pararse al borde del camino para dejar pasar

a un ejército lanoso lleno de balidos. Correr detrás de las gallinas.

Cazar bichos y ver cómo se afanan las hormigas para acarrear comida.


Tener un pueblo y ser niño.

#saranietoescritora #cuentoscontigo #niundíasinpoesía

Las últimas águilas

Corre el caudal de plata entre los montes.

Aquieta los temblores de mis entrañas. Llévame donde tú vayas.

Quiero ser río, quiero ser aire en calma. Que las últimas águilas nazcan en mis orillas rocosas.

Que alcen el vuelo sobre el espejo de mis aguas.

#saranietoescritora #niundíasinpoesía

Jaulas de hormigón. La cárcel interior

Mayte Blasco nos lleva de la mano, como acostumbra a hacer, con su prosa ágil, clara y sin concesiones a la mojigatería durante un recorrido por diez cárceles interiores. Diez Jaulas de hormigón, diez historias cotidianas que suceden en la intimidad de las cuatro paredes en las que nos solemos ocultar de la insoportable realidad, donde nos podemos quitar la máscara. Dentro de los refugios particulares se desatan las tormentas que arrasan a cada uno de los personajes femeninos que componen este collage de desasosiegos y sufrimientos aparentemente prosaicos.

Mayte tiene una rara y preciosa habilidad para describir los paisajes interiores de personajes turbados, maltratados por las circunstancias sociales y personales. Se confirma por tanto, su compromiso con la denuncia de situaciones injustas, ya sean relacionadas con la ecología, con la política o con las desigualdades por razón de género.

En el caso de Jaulas de hormigón sobrevuela durante todo el libro el sentimiento de desesperanza y frustración de distintas mujeres. Mujeres sometidas al matrimonio como si fuese un sacerdocio. Madres abandonadas a la deriva del amor perdido de los vástagos, esposas ignoradas y anuladas, madres huérfanas de hijos que se refugian en los paraísos artificiales del sexo o el alcohol, mujeres que naufragan en las aguas turbulentas de una maternidad castrante, mujeres atrapadas en cuerpos con los que no se identifican, mujeres violadas y traumatizadas. Mujeres, en definitiva, trazadas todas por una herida abierta que no deja de sangrar.

Pero lo cierto, y aquí es donde radica la maestría de la escritora, es que sean mujeres u hombres los protagonistas de cada historia, la descripción del alma y de los sentimientos es común a todos y está tan bien dibujada que el libro adquiere una dimensión que trasciende lo anecdótico y nos cala de tal forma que tiempo después de leer la última línea continuarán resonando en nuestra cabeza esas grandes historias mínimas.

Asombro

Foto: Sara Nieto

La belleza está en los detalles desapercibidos.
Está en unas manos de niño
Recogiendo la flores silvestres sobre las que otros no reparan.
Tener ojos de niño,
Paseando por el parque
Volver al asombro de la infancia.

La primavera ya asoma la cabeza con descaro.
Saca los dientes y muerde el sol como un león africano,

perdido, huraño,
metido a la fuerza en un zoo cercado.
Ajenos a todo muchos ríen en esta
Cálida primavera vestida casi de verano.
Pero algunos echamos de menos las nieves de antaño.

Veinticuatro de febrero de 1981

A mi padre.

Salgo a la calle con mi mochila a cuestas.

No hay nadie. Apenas cruzamos palabra mi padre y yo.

En casa mi madre se ha quedado lloriqueando, asustada.

Que no, que no salgas con la niña,

que no, que no vaya al colegio.

¿No viste ayer los tanques?

¿Acaso no le viste la cara al hambre cuando eras niño?

¿No te acuerdas del miedo, del silencio que cosía nuestras bocas?

¿Quieres que una voz sin nombre te denuncie por desobedecer?

Que sí, mujer. Recuerdo el hambre, recuerdo el miedo.

Lo recuerdo bien. A mi padre lleno de piojos y una herida abierta en el pecho

que en cuarenta años aún no ha cerrado. Eso recuerdo.

Que a unos sí les cicatrizan las penas y a otros no.

Tengo presentes a todos mis hermanos corriendo a esconderse

cuando venía el caporal.

Y los pechos secos de mi madre, más secos aún que sus ojos.

Lo recuerdo bien.

Yo terminaba de ponerme los zapatos mientras mi padre elevaba la voz

y decía: hoy es veinticuatro de febrero y la democracia sigue viva.

Nos han dicho que hagamos vida normal y eso vamos a hacer.

En la calle reina un silencio nervioso.

Solo al acercarnos al colegio se ven a algunos niños con sus padres.

El mío y yo apenas cruzamos palabra en todo el camino.

No hace falta.

La cabeza

Si me arranco la cabeza todo se acaba.

Puede que termine todo perdido de astillas de hueso, tendones desgarrados y sangre, mucha sangre. O quizás no tanta. A base de no pensar mucho las ideas deben estár más bien flacas.

Quisiera que me arrancasen la cabeza de un tajo seco, como ideó Monsieur Guillotine. Qué elegantes quedaban las cabezas. Limpias de inmundicias y convenientemente retocadas con maquillaje. Una buena capa de polvos de arroz, colorete a profusión, bien peinada y sostenida en un a peana con una cinta roja al cuello no vayan a verse los restos de la carnicería. Eso sí con mi nombre debajo que diga la cabeza de Sara. No teman, es inofensiva

No soy

No soy ave de corral
No soy perro de sofá
Ni soy planta de maceta
No soy una madre abnegada con hijas amorosas que me reciben con besos y abrazos. No, no somos una estampa de familia de  película americana.
Tampoco soy una esposa sumisa que aguarda a su hombre haciendo calceta
Sé muy bien lo que no soy.

No tengo claro quién fui. Algunos me llaman poeta.