El pasadizo

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Sin que nadie la vea, la niña de la melena formidable va hasta el pozo y se zambulle sin dudarlo. Sabe que si la cogen lo menos que le harán será cortarle el pelo. Dicen que te llevan a dar un paseo pero los que se van luego nunca vuelven. Y las que vuelven… El mes pasado se llevaron a Juana, la del Tomillero, junto con sus hermanas y sus hijas, y a los quince días las soltaron en medio de la plaza desnudas, rapadas y con la mierda resbalándoles por los muslos, después de haberlas atiborrado a aceite de ricino. A ella no va a pasarle lo mismo. Porque ella conoce un pasadizo secreto. No se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a su prima favorita, Carmelilla, a la que tanto le gusta enredar con sus largos mechones castaños. Y mucho menos a la tía Petra, que le tiene terminantemente prohibido ir a la huerta y acercarse al pozo.

Por eso, en cuanto ha visto asomar los uniformes y sentido el retumbar de las botas por la bocacalle se ha escapado por detrás y ha corrido hacia la huerta. Por el camino ha espantado a cuatro gatos que dormitaban en los alféizares de los ventanucos que dan al callejón. Los perros del tinao de Justiniano se han puesto a ladrar como locos. Con el corazón a punto de estallar y el miedo erizándole el vello de la nuca, la niña reza en voz muy baja para que nadie se dé cuenta de que algo raro pasa. Por suerte cuando llega al pretil se da cuenta de que es noche de luna llena porque la ve reflejada en el agua como una enorme hostia consagrada. Como las que les da Don Severo en la misa y que le sabe tan rica. Mejor, piensa, así le alumbrará el camino para encontrar mejor a madre. Ella también se fue a buscar a padre en el pozo hace un par de años y aún no ha vuelto.

 

 

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Enedino, el “enterraor”

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Fotografía de Cristina García Rodero

Llevo viniendo a este pueblo años, décadas y no he conseguido aún identificar la complicada maraña de relaciones familiares de unos con otros y con sus correspondientes motes. Así que me limito a beber con tranquilidad mi cerveza, asistir a la conversación que me ocupa, reírme de los chistes que cuenta Pepe y escandalizarme con el último chisme de la temporada. Mientras tanto, a veces fijo la mirada en la fotografía en blanco y negro que hay detrás de la barra que atiende la Chusa y que es parte de la colección de imágenes del antiguo paisanaje del lugar. De vez en cuando pongo el piloto automático y me meto dentro de esa instantánea costumbrista que me habla de tiempos de necesidad y de opresión. Probablemente tiempos de guerra o de posguerra en un punto perdido de la geografía española. Veo silencio y soledad y lamentos. Un viejo que hace guardia en la puerta de su casa. Que espera a que alguien venga o que procura que alguien no se vaya. ¿Será ella a quien custodia, la mujer seca y triste aferrada a los barrotes de la ventana, vestida de luto?…
Y entonces vuelvo al presente justo a tiempo. La Chusa está explicando quién es cada uno de los que salen en las fotos. Yo pego la oreja y no tengo ni idea de la gente a la que nombra, muchos bisabuelos o tatarabuelos de los presentes. Pero cuando llega a mi foto procuro enterarme bien de quienes son.
—Y el tío Enedino, el “enterraor”. Vosotros ya no lo conocisteis pero acostumbraba a sentarse al fresco todos los días al caer el sol y ahí se la pasaba saludando a todo el mundo, vivos y muertos —la Chusa baja la voz y tocándose con un dedo la sien
prosigue—. Estaba un poco p’allá. ¿Pues no decía que veía a los muertos cuando salían a pasear todas las noches? Y que algunos hasta le hacían visitas. Aunque reconozco que a mí de pequeña me daba un poco de repelús.
—Y la mujer de negro de la ventana quién es? ¿Su esposa?
La Chusa se gira por completo para mirar la foto y luego a mí. Nuestras miradas se cruzan un instante y las dos volvemos de nuevo a posarlas sobre la imagen en la que únicamente aparece Enedino en su silla.
—¿Qué mujer? — me pregunta despacito y clavándome los ojos.

Palíndromos

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Desde el día que murió hasta su nacimiento Otto vivió al revés. Justo al contrario que su gemelo. Cuando Sabas comenzó a andar, Otto soltó el bastón. El día que su hermano dio su primer beso, él recibió el último. Uno comenzó a trabajar; el otro se jubiló. El día que Sabas se casó, Otto firmó el divorcio. Sólo una vez coincidieron en mitad de sus trayectos. En el mismo cine y con la misma chica sentada entre ambos. En la oscuridad ella buscó la mano de Otto. Y obró el milagro. Ahora Otto recorre su camino en sentido inverso. O correcto, según se mire.

 

Distracciones

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La mosca revolotea, sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño.  Ene la acaba de encerrar ahí porque no la deja estudiar. Vuelve a sentarse en su escritorio y se esfuerza en leer sus apuntes. Por fin sin mosca, pero…  ¿qué estará haciendo?, se pregunta. Seguro que se aburre dando vueltas entre botes de champú y gel. Se la imagina posándose en el lavabo y mirando hacia el desagüe como si estuviera en el borde de un precipicio que da a un abismo oscuro y misterioso. ¡No, sal de ahí, mosca! Ahora le parece verla volando frente al espejo y preguntándose quién será esa otra mosca que se empeña en imitar a la perfección sus movimientos. ¿Sabrán las moscas lo que es un reflejo? ¿Intentará atravesar el espejo para acceder a ese otro mundo reflejado? ¿En cuántos mundos distintos habrá estado? Ene se pregunta si habrá viajado mucho y cuántos kilómetros puede recorrer una mosca al día. Claro, que si va en coche, como esas moscas que su padre llama “cojoneras”  y que tienen la manía de meterse en el coche cada vez que vienen de pasar el día en el campo, las posibilidades de conocer mundo se amplían enormemente. Por ejemplo, si una mosca se cuela en un autobús que va de Madrid a París, puede llegar a la ciudad de las luces y hacer turismo y subir a la Torre Eiffel. Y si luego coge un tren que vaya a San Petersburgo, podría pasearse por el mismísimo Palacio Imperial. Y si… ¡Para mosca, estate quieta ya!  Ene se levanta, va al cuarto de baño y abre la puerta. Y ahí está, mirándola indiferente, frotándose las patitas como sólo las moscas saben hacerlo. Si pudiéramos oírla, estaría soltando una risilla maliciosa.

 

 

Espíritu familiar

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Cuando era niña pasaba los veranos en el pueblo, en un caserón viejo y ruidoso. “Shhhh, que las paredes oyen” me decía la bisabuela. Yo no lo entendía, hasta que una noche Adelaida salió de detrás del espejo de mi cuarto. Me llevé un buen susto, pero lo peor fue comprobar que no sólo oía sino que no paraba de hablar y era una cotilla de cuidado. Me cuchicheaba al oído todos los secretos, grandes o pequeños, de la familia entera. Era verme sola y allá que se me pegaba a darme la tabarra. Con el tiempo y la edad Adelaida desapareció. He llegado a pensar que tan sólo fue un producto de mi imaginación. Pero el mes pasado volví al pueblo con los niños. Y desde entonces mi hija la pequeña me mira raro.

Contribución para Los viernes creativos

 

Y no olvides que te quiero

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Kate McDowell. Ants ate all my sugar, 11″x7″x5 ½”, hand built porcelain, cone 6 glaze, underglaze, 6/2010

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas al poco de marcharte. Salieron del mueble-bar y empezaron a acarrear comida. Al principio eran pocas. Nos acechaban para recoger las migas que caían de la mesa. Luego llegaron más y nos vaciaron la nevera. Ayer desapareció el perro. Y por si fuera poco, ahora además hay termitas. He mandado a los niños con mi madre. Tengo miedo de que se los lleven a ellos también. Ya no me atrevo a salir de la habitación; de nuestra cama. Termino la botella y dejo esta nota dentro para que no la devoren las termitas. Si los niños preguntan cuéntaselo con delicadeza.

El viajero

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Fotografía de Juan Felipe López Arbide

Cada domingo Antonio va al metro y sube a su tren en la línea circular.  No es que sea siempre el tren de las 10 en punto; es que es suyo. Se sienta en su asiento, tercer vagón, junto a la ventanilla y se va de viaje. Como es su tren y su viaje, las paradas las decide él mismo y, por supuesto, el destino también. Un día se va a la Patagonia, a pasear entre glaciares. A veces escoge la lejana China o la exótica India. Otras veces no va muy lejos en la distancia, aunque sí en el tiempo. Vuelve a la casa de sus abuelos, a las siestas interminables oyendo las termitas roer los muebles viejos. A menudo visita a su amigo Juan, siempre con doce años, siempre cazando ranas en el río. Hay veces en que durante treinta minutos consigue regresar al calor de los brazos de su mujer Conchita, acurrucados desnudos bajo las mantas. Todo depende del capricho de su memoria. Los viajes a tierras peligrosas intenta evitarlos. No le gustaría volver nunca al día en que ella se fue para siempre en un avión de los de verdad; tampoco al Líbano, que a pesar de sus hermosos bosques, dicen en el telediario que está ahora muy revuelto, demasiado cerca de Siria. Esta mañana se ha levantado con ánimo explorador y se ha acodado en la ventana de su particular televisor para admirar las cumbres nevadas del Kilimanjaro, antes de que se terminen de derretir con el calentamiento global. Cuando el viaje termine se bajará de nuevo en su parada y volverá a su rutina diaria y gris. Al pasar por la puerta de la agencia de viajes cogerá un folleto, que ya tienen los de la temporada de invierno.

Colaboración para Los viernes creativos  https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/08/viernes-creativo-escribe-una-historia-203/

 

Volar

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Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado aquí sin miedo: lo han dejado abajo, dentro de sus mochilas, bien dobladito, junto a las pesadillas recurrentes y los malos recuerdos. La subida ha sido dura. A cada peldaño tenían la tentación de volver, pero ellas no se han soltado las manos: madre e hija. Como cuando una era más joven, como cuando la otra era más niña. Así, despacio, han llegado arriba. Lanzan su ropa al mar y dejan que el sol del mediodía les muerda la piel. Su equipaje apenas es una mota de polvo visto desde allí. El cielo azul, en cambio, es inmenso. Ambas se sonríen, despliegan las alas y parten rumbo al horizonte.

Paraguas de colores para días grises

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Fotografía de Kristina Makeeva

Recuerdo que llovía a menudo en aquella ciudad. Una lluvia impenitente, unas veces tan fina que casi no la apreciabas. Otras, de manera torrencial. Y cada vez que me asomaba a la ventana ahí estabas tú. Parado en la acera de enfrente con tu paraguas negro esperando a alguien. Era curioso porque sólo lo hacías los días de lluvia. Me acostumbré a mirarte allí quieto, mientras tomaba una taza de té humeante a través de los cristales empañados. Una noche fría, en la que un pequeño río corría por la calzada no pude resistirlo más y bajé a preguntártelo.

—¿Por qué esperas si sabes que no va a venir?

—Ya lo has hecho—, me contestaste y me ofreciste cobijo.

Desde entonces nos encanta pasear los días de lluvia pero solo lo hacemos con paraguas de colores porque aquella noche fría y gris se hizo el arcoiris bajo el tuyo.

Colaboración para Los viernes creativos. Microrrelato inspirado por Cortázar con foto de Kristina Makeeva.
https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/01/viernes-creativo-escribe-una-historia-202/