Cumplesueños

birthday-cake-380178_960_720

Nueve de la mañana. Sábado. Frío. Sueño. —Felicidades, cariño —me susurra mi marido al oído. Me doy la vuelta y le beso. Me acurruco para sentir bien el calor de su abrazo, que, a pesar de todo,  sigue intacto, tantos años después. Entonces, irrumpe la pequeña, como un torbellino:

—¡Rápido, las mantas!

—¿¡Qué!? —contesto yo.

—¡Las mantas! ¡Las necesito todas!

—Felicita a tu madre, ¿no? —dice su padre.

—Ah, sí, mami —contesta mientras se sube a la cama con zalamería gatuna. Pone la voz melosa y aflautada como si regresara a los dos años y me abraza y me besa   ronroneando—. Felicidades, mami.

Luego entra la mayor con su recién estrenada edad de dos cifras, arrastrando los pies y sus pensamientos trascendentales. Se frota los ojos y acierta a decir muy seria:

—Las mantas, mamá. Dámelas. Y felicidades. —Entonces me mira en silencio, solemne, con los ojos como dos cámaras fijas, como si quisiera atrapar en su memoria para siempre esa imagen. Y me dice con una voz que sale de mucho más adentro que su garganta:

—Te quiero mucho mamá. —Se me abalanza y me abraza, con los brazos un poco pesados aún por el sueño y un poco torpes.

Y ahí estoy, en la cama con mis dos pequeñas que cada vez lo son menos, subidas encima de mí, abrazándome y dejándome sin respiración. Y cuando me quiero dar cuenta noto un bulto nuevo sobre la cama. Es Lía, mi niña-perra, la última en llegar a la familia. El deseo de cuatro patas cumplido de mi hija mayor, a la que ignora por completo si estoy yo presente. Estoy convencida de que Lía piensa que es una hija mía más. Y por supuesto,  reclama como ninguna su ración de achuchones. Ya estamos todos. Llegados a este punto, el padre de las criaturas, mi querido compañero de fatigas, ya ha desistido de disfrutar de nuestro ratito de intimidad y se está vistiendo, al tiempo que dice:

—Ya sí que sí. Me llevo la perra a la calle. —Y pronunciar esta última palabra es la única forma de hacer bajar a Lía de la cama. Entonces las otras dos, prosiguen con su propósito inicial de recopilar todas las mantas de la casa. Se van con un par y al fin, me gano unos instantes de soledad para reflexionar sobre los años que me han caído encima. Y pienso que, según las estadísticas de esperanza de vida actuales, debo estar justo en el ecuador de mi existencia. Pero no profundizo demasiado en el tema. Si algo he aprendido en estos años es a ser algo más práctica. No mucho, pero algo. Hago balance rápido y concluyo que el resultado es razonablemente bueno. Así que abro la ventana para que entre el aire pensando en la canción de José Mercé:  “aire, pasa, que tenga la puerta abierta la alegría pa la casa “. Recojo la cama y me pongo las zapatillas.

Según me voy acercando al salón, la pequeña me corta el paso y me entrega un rectángulo de papel recortado de forma desigual. “Entrada VIP para el Spa”, leo.  Y debajo el nombre del titular de la invitación: “Mamá”. La mayor, detrás, no puede dejar de soltar risillas y las dos no paran de dar saltitos nerviosos. La puerta del salón, cerrada. Madre mía, ¿que estarán haciendo?, pienso.

—¡Hala, qué chulo! —exagero el gesto y agrando al máximo la sonrisa de fingida sorpresa—. ¡Una invitación personal para mí!

—Ven, ven, mamá. —Las dos me arrastran impacientes—. Cierra los ojos. —Yo obedezco pero no puedo evitar pensar en qué es lo que me voy  a encontrar; que estoy cansada y sólo hace media hora que me acabo de levantar; y que no tengo ganas de ponerme a recoger el desaguisado que me habrán preparado. Intento acallar al máximo a mi yo mamá-ogro susurrándome: “Dichosas niñas, ¿por qué no se estarán quietas un día? ¿Por qué no dejan nunca de revolverlo todo? Me siento siempre como Sísifo: cuando estoy a punto de terminar de recoger por un lado,  ya está todo otra vez igual”. En fin, que respiro hondo, cierro los ojos y me dispongo a interpretar el papel de mamá juguetona y jovial y alegre. Y los abro, y resulta que no. Que no voy a interpretar nada porque no me hace falta.

Entre asombrada y complacida, contemplo cómo en mitad del salón han puesto varias sillas formando un círculo. Con las mantas, según me explican orgullosas,  me han hecho una tienda de campaña especial. ¿Así que para esto eran las mantas? Mis pequeñas ingenieras me cuentan que una de ellas hace de techo, convenientemente sujeta por unas cuantas pinzas a los respaldos de las sillas para que no se caiga. Y la otra sirve de alfombra mullidita.  Dentro de la tienda me esperan los peluches favoritos de las dos para que me hagan compañía y me relaje con ellos. Por supuesto, me agacho y pruebo a meterme en el hueco de medio metro cuadrado. Comodísimo, relajadísimo, les aseguro sin perder la sonrisa ni la compostura. La pequeña, impaciente por naturaleza, me dice:

—Venga mamá, que hay que seguir con el circuito. —Salgo como puedo de mi cueva, mientras unas cuantas pinzas saltan y me caen sobre la cabeza—. Toma, mamá. —Y me da una nueva invitación, primorosamente decorada donde pone: “Vale por un masaje relajante”.

—Espera, espera —me dice la mayor, detallista como nadie. La observo bajar las persianas y dejar todo en penumbra excepto por una lámpara a la que baja la intensidad al mínimo—. Así es más relajante —asegura.

Y las dos me hacen tumbarme sobre tres sillas colocadas en fila sobre las que han extendido más mantas dobladas para que hagan bien de camilla para el masaje. Me tumbo gustosa, con los pies colgando, y me dejo hacer. De repente, oigo una música chillout con toques orientales. Levanto la cabeza y veo mi móvil sobre la mesa. ¡Si hasta han buscado música en Internet para ambientar! Mi charco de baba aumenta de manera exponencial. Y ya no digo más, cuando la pequeña coge la tapa de cristal de una bombonera que alguien me regaló en la boda y que a fuerza de ser fea, le tengo cierto cariño, y con un palito le va dando toques para conseguir un sonido igualito, igualito que el de un cuenco tibetano. Mientras, la mayor me da un masaje en la espalda que me resucita. Y a pesar de que los nudos de mis contracturas requieren la fuerza de un estibador para deshacerlos, la suavidad de esas manitas aún infantiles me derriten a mí por dentro. A mí y a mi yo mamá-ogro estresada a la que se le olvida a menudo que la vida son estos dulces  momentos felices. Así que me abandono y,  sorprendentemente, me relajo. Y continuo relajada cuando poco después, su padre y yo barremos con cuidado los cristales de mi improvisado cuenco tibetano al tiempo que les pido con calma y sin levantar un ápice la voz:

—Por favor, niñas, no entréis descalzas, que os podéis cortar.

 

 

Anuncios