Reflexiones

A nadie le gusta mirarse desnudo frente al espejo. Y cuando digo desnudo no digo sin ropa. Digo sin mentiras ni artificios. Sin el maquillaje social que nos permite salir al campo de batalla todos los días. A veces por desgracia el mejor espejo son nuestros propios hijos, que heredan nuestra mochila de complejos y distorsiones. Y cuando nos los devuelven así como una bofetada en plena cara nos damos cuenta de cuánto hay de nosotros en ellos y lo poco que nos gusta.

En casa hacemos terapia de vez en cuando y nos sentamos frente a frente mi hija y yo. Nos miramos en silencio hasta que alguna habla sobre algo que le preocupa. A veces pueden pasar minutos sin decir nada. Pero en cuanto una dice algo se acaba en bronca. Está claro que la terapia casera no funciona. Así que desde hace unos días hemos decidido sentar frente a frente sendas linternas que reflejan nuestros mutuos espíritus en un extraño y siniestro juego de sombras chinescas. Nosotras observamos la escena y comprendemos la dimensión del problema. Los haces de luces que se chocan y devuelven el reflejo una y otra vez en un círculo vicioso y eterno.

Mi hija encontró la solución. No enfrentar más los reflejos. O al menos no hacerles caso. Así que estamos jugando en el jardín, riendo y saltando y persiguiendo una luciérnaga extraviada mientras nuestras linternas libran su duelo por nosotras. Creo que es lo mejor en tanto que llega la solución definitiva, que es cuando a la mía se le agoten las pilas.