Flores

Hay mujeres narciso que se miran en sus hijas

y sonríen si las ven reír. 

Si guardan la compostura, el cabello limpio

y cepillado.

Los dientes blancos con olor a menta.

La cara perfecta, la sonrisa a flote. 

Hay mujeres narciso que se miran en sus hijas y si sus hijas lloran

ella sufre porque los pétalos se le mojan.

Si sus hijas gritan, insultan, blasfeman hay mujeres narciso que padecen

por el qué dirán las demás flores del jardín.

El reflejo de la mujer narciso debe ser inmaculado,

una réplica exacta de la perfección que su madre le dijo que ella debía encarnar.

Pero hay mujeres narciso hijas de otras narcisos,

nietas de otras narcisos,

bisnietas de otras narcisos.

Generaciones enteras de flores insatisfechas.

Todas son conscientes de su belleza, pero solo algunas

de la maldición que trae.

Intentan camuflarse entre las malvas y las acederas,

alejarse del borde del estanque.

Alejarse de sus madres y sus hijas.

Solo quieren que alguien les corte el tallo

y se las lleve en un ramo o arranquen sus pétalos

para saber de una vez

si las quieren o no las quieren,

como simples margaritas.

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