No hay cama pa tanta gente

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“Los dejaremos entrar sólo si son buenos”. El monitor explica cómo respirar para expulsar los malos pensamientos. A mí me viene a la cabeza la vez que vi a mi madre bailando sola en la cocina una salsa cuyo estribillo decía «pa fuera, pa la calle». Continúo con el ejercicio, espirando e inspirando sin poder borrar la imagen. Espiro, inspiro: el casete. Espiro, inspiro: el vestido de flores. Espiro, inspiro: tus promesas; sus balanceos. Espiro, inspiro: tus mentiras; su sonrisa. Espiro, espiro, espiro…

Y recuerdo que aquel día mi padre se fue de casa.

Y el título de la canción.

Finalista en el concurso L’art d’escriure de Wonderland à RNE (sábado, 23-6-2018)

 

Punto de fuga

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Moría por unas Converse rojas. Se gastó todos los ahorros por pagar el precio. Prohibitivo para sus quince años. Imprescindible para entrar en el grupo de las elegidas. Y la magia se obró. Saltó a las pistas y ganó todas las carreras. Con una litrona en una mano y su inocencia en la otra apuraba los días aciagos de la adolescencia. Entre el humo de un porro apareció su primer amor. Y en una calada desapareció. Luego se perdió en el alma y en los cuerpos de muchos otros. En aquella época las risas eran incontenibles. Los llantos también. Los besos eran rosa chicle. La tristeza, de un azul intenso. Y el vacío era transparente y opaco al mismo tiempo. Se cortó el pelo, se pintó la piel. Se borró el nombre por no borrarse ella misma. Una madrugada en vez de volver a casa viajó en autoestop hasta el mar. Se sentó en el espigón y miró sus pies desnudos, hermosos, brillantes como dos peces recién sacados del fondo. Al volver olvidó sus viejas zapatillas. La suela estaba gastada y con agujeros. Y ella ya hacía meses que tocaba el suelo.

 

 

No se lo digas a mamá

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El armario donde se acaba de encerrar junto a su muñeca nueva está al lado del reloj de cuco. El reloj que está colgado encima de la butaca donde el abuelo se echa la siesta. La butaca que está frente a la chimenea donde a ella le gusta jugar a escondidas con las brasas. Hasta que hace un rato una de ellas cayó en la alfombra desparramando llamas por toda la habitación y amenazando con devorar a Panchita, la muñeca que no tenía que haber sacado de la caja.

Finalista en el concurso L’art d’escriure, en el programa Wonderland a RNE (9-6-2018)

La música, la lluvia

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Me gusta escuchar a Yann Tiersen cuando estoy triste. También cuando no lo estoy pero quiero estarlo. Porque la tristeza me lleva hacia adentro, a alejarme de la marea. Me gusta escuchar el sonido de las notas rasgadas en las cuerdas de un violín, el llanto lastimero del acordeón. Imaginarme en un París de color sepia, paseando a orillas del Sena. ¿Como se puede tener nostalgia de un sueño no vivido? Cierro los ojos y me monto en cada acorde del piano para viajar lejos de las estaciones de metro, del trabajo aburrido, de la sucesión de días y noches interminables, idénticos.

Me gusta mojarme bajo la lluvia sucia de un Madrid contaminado. Cuando llueve voy caminando al trabajo sin paraguas para empaparme hasta sentir frío. Me gusta la lluvia porque es un estado de excepción meteorólogico que rompe la rutina. El suelo del asfalto brilla como si lo hubieran lacado y los faros de los coches emiten una luz fantasmagórica. Todo tiene una atmósfera irreal. Y también me gustan los paraguas, para apoyármelos en el hombro y hacerlos girar más y más fuerte. Hacer como que no veo los charcos y meter los pies hasta calarme los calcetines.

Robo minutos a mis obligaciones en la oficina y dejo que Yann me cuente promesas incumplibles durante unos momentos. Luego consulto la aplicación del tiempo y cruzo los dedos para que no deje de llover. Aún no.

 

 

 

Horóscopo chino

 

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Prefiero las ratas. Son astutas, saben esconderse y son las primeras en largarse del barco. ¿Los tigres? Naaada chaval, gatos grandes. Parecen independientes, pero tuve uno, ¿sabes? y aunque lo patearas, si tenía hambre terminaba acercándose. Y lo peor, los perros. Tan fieles, tan gilipollas. Los mueles a palos y vuelven. Por eso yo soy rata y tú, perro. —Observo callado cómo hojeas la revista que acabamos de encontrar en la basura. Como siempre, estoy a tu lado, con la mirada agachada. Esperando el momento preciso para hacerte saber de una puta vez que yo nací el año de la serpiente.