Diario de una suicida (I)

Lecciones de filosofía barata

Escribir con las tripas. No puedo escribir con otra cosa. Escribo con los dedos agarrotados en el teclado del ordenador pero no me sale nada hasta que no escribo con las tripas. Nunca he sabido hacerlo de otra forma. Escribo para exorcizar mis fantasmas… escribí una vez. ¡Qué cursilada! Repaso todo lo que he escrito hasta el momento y no me parecen más que una pila de chorradas cursis y ñoñas. Absurdas. Pura mierda.

He cruzado ya la barrera que estadísticamente marca la mitad de mi existencia y sigo sin haber escrito un mojón. Nada en condiciones. Mi vida es un quiero y no puedo. Me autoflagelo. Me compadezco. Lloro por las esquinas (aunque ya he aprendido a hacerlo sin lágrimas). No me gusto. Me odio. Me odio por odiarme. Por escribir gilipolleces como «exorcizar mis fantasmas» Por favor. Qué estupidez. Aunque a veces, también me quiero. Me quiero mucho por saber odiarme tan bien.

En mi adolescencia tenía un miedo cerval (miedo cerval, cursi, más que cursi). Vamos que me acojonaba la muerte. Mucho. Tenía pánico a morir. No por morir sino por dejar de vivir. Lo curioso es que también tenía miedo a vivir. Un día, recuerdo que era verano, a la hora de la siesta, conseguí morirme. Tenía tanto miedo a la muerte que ya no quería tener más. Estaba cansada de vivir con miedo a la muerte, así que decidí que lo mejor era morirme. Gracioso, paradójico. Pero completamente lógico—y me lo sigue pareciendo—. Me tumbé en el sofá lleno de carcoma del zaguán de mis abuelos y empecé a visualizar el concepto de muerte mientras oía cómo las termitas roían sin cesar en un ritmo acompasado. Como haciendo música. Una especie de réquiem para acompañarme en mi concentración. Me quedé quieta, muy quieta y cerré los ojos bien fuerte. Y pensé. Siempre he pensado demasiado. Pienso que pensar demasiado te acerca al borde de la locura. A veces te hace pasarte de rosca. Pensé qué pasaría si me muriera en ese momento. Si me llorarían. Qué harían al encontrar mi cuerpo inmóvil. Cómo sería estar dentro de un ataúd. No me gustaba la idea. Me agobiaba, me daba claustrofobia imaginármelo. Per enseguida pensé que era absurdo, porque estando muerta no se debería sentir nada. Entonces pude discernir perfectamente el concepto del espíritu y la materia. El cuerpo es solo materia. Un montón de deshechos orgánicos que se mueven milagrosamente y no se descomponen porque están vivos. ¿Y la vida? ¿Entonces qué es la vida?, pensé yo. Esa energía que mueve la materia. La materia se va al hoyo o al crematorio o al estercolero. O mejor, se la comen los gusanos y alimenta las raíces de las plantas y los árboles. Y desaparece. Y adiós. La idea del ataúd no me gusta, así es difícil que la materia se reutilice. Y además, contaminan muchísimo. Esa cantidad de cuerpos muertos que generan emisiones de CO2 cuando se queman con esos ataúdes llenos de barnices tóxicos y plástico (seguro que hasta ahí ha llegado el maldito plástico), o el gasto que supone la producción de tanta caja de madera, talar árboles, gastar tiempo y energía en hacer una caja para quemarla o meterla en un nicho a que se pudra sin ni siquiera dar la oportunidad a la madre tierra a reutilizar esa materia descompuesta. No, el ser humano contamina demasiado hasta después de muerto.

Pero volvamos, que me pierdo. Como no me gustaba el destino de la materia, pasé a centrarme en la otra parte, en la vida o la esencia vital o la magia que hacía que esos potenciales cuerpos putrefactos no se descompusieran. Entonces pensé que si me muriese ahí tumbada en el sofá, sola, en el zaguán ¿dónde estaría mi vida, mi magia? ¿La vida se termina sin más? ¿Se para el cuerpo y entonces la vida desaparece? ¿Se esfuma y ya? No. Recuerdo que yo pensé que la vida se iba, que el espíritu o el alma o la esencia vital o como quieras llamarlo abandonaba el cuerpo y se iba a otro plano. Yo me preguntaba entonces dónde está la vida ¿Dónde está el comienzo de todo? En Dios dirán algunos. ¿Y quién es Dios? ¿Qué es Dios? En las creencias infantiloides del catolicismo más naif se diría que es una entidad que creó el mundo en siete días. ¿Dios ya concebía el tiempo contando en semanas? ¿Y qué es el mundo? Para muchos el mundo no pasa del umbral de su puerta, como mucho de los límites de su triste vida de peón en el engranaje de la sociedad. No pasa más allá de la sucesión de horas, días, semanas, meses y años haciendo la misma rutina con pequeñas variaciones: levantarse, comer, trabajar, dormir. Ni siquiera hay grandes cambios espaciales en ese mundo pequeño y rutinario: la misma vivienda, incluso la misma cama, las mismas rutas para caminar de ida y vuelta al trabajo, los mismos bares, los mismos lugares comunes, las mismas palabras cruzadas con los mismos desconocidos durante toda esa sucesión de tiempo abrumadoramente largo y al mismo tiempo tan rápido en el que se consume el cuerpo. ¿Y entonces qué es el tiempo? ¿El tiempo es la clave de la vida? Creí, creo que sí. Solo porque existe el tiempo hay vida. Si el tiempo no existiera no existirían los planetas. O sí. No lo sé. ¿El universo es materia? ¿O es idea sólo? ¿Es tiempo, intangible pero real? ¿Es el tiempo lo que hace que los planetas y los astros se muevan y evolucionen? ¿Y si se mueven dónde termina su camino? ¿Tiene límites el universo? ¿El límite entre el universo y la materia es la nada? ¿La nada es la frontera entre la vida y la muerte? ¿Es ahí dónde el espíritu, la esencia vital vuelve cuando abandona el montón de carne (o madera, los árboles también tienen vida) al que se ha unido en el momento del nacimiento?

Mi muerte con todas sus preguntas sin respuesta duró sólo un par de horas. Lo que dura una siesta en agosto en un pueblo de la meseta extremeña. O quizá fueron un par de minutos. Las ideas en el universo del cerebro adquieren una velocidad infinita. Al menos en el mío siempre han ido demasiado rápido y se han atropellado unas a otras. Mi muerte, digo, no fue muy larga. Me cansé de hacerme tantas preguntas. Y me dio demasiado vértigo viajar tan lejos, la verdad. Sentir que lo contrario a la vida no es la muerte, sino la nada. Aplacé la idea de morirme de momento. Aunque a menudo pienso en ella, en el fin de la vida humana. De la vida anodina que es la sucesión de días y noches prácticamente iguales durante lo que dura el suspiro de nuestra existencia. Elegí no suicidarme entonces. Aunque he vuelto muchas veces a elucubrar sobre el tema siempre termino por dejarlo para más tarde.

Mientras tanto, me casé y tuve dos hijas. Y en mis pocos ratos libres escribo algunas cosas sin sentido que acaban pareciéndome una mierda cuando las releo.

La favorita

Le confesé a mi padre lo que había hecho mi hermana con Manuel y lo de su barriga. Era mejor no ocultarle nada porque desde que madre murió no hay quien le contenga. Además pensé que igual con suerte la echaría de casa. Pero no. Se quedó en silencio, solo dijo: bueno, los tiempos cambian. Tampoco dejó que Manuel se casara con ella. Han pasado tres años y trata al niño como el hijo que siempre quiso tener. Mi hermana consiguió largarse. Yo prefiero quedarme. Cocino, limpio y procuro que por las noches sus pasos vayan siempre a mi habitación. Porque los tiempos cambian, pero las personas no.