No se lo digas a mamá

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El armario donde se acaba de encerrar junto a su muñeca nueva está al lado del reloj de cuco. El reloj que está colgado encima de la butaca donde el abuelo se echa la siesta. La butaca que está frente a la chimenea donde a ella le gusta jugar a escondidas con las brasas. Hasta que hace un rato una de ellas cayó en la alfombra desparramando llamas por toda la habitación y amenazando con devorar a Panchita, la muñeca que no tenía que haber sacado de la caja.

Finalista en el concurso L’art d’escriure, en el programa Wonderland a RNE (9-6-2018)

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La música, la lluvia

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Me gusta escuchar a Yann Tiersen cuando estoy triste. También cuando no lo estoy pero quiero estarlo. Porque la tristeza me lleva hacia adentro, a alejarme de la marea. Me gusta escuchar el sonido de las notas rasgadas en las cuerdas de un violín, el llanto lastimero del acordeón. Imaginarme en un París de color sepia, paseando a orillas del Sena. ¿Como se puede tener nostalgia de un sueño no vivido? Cierro los ojos y me monto en cada acorde del piano para viajar lejos de las estaciones de metro, del trabajo aburrido, de la sucesión de días y noches interminables, idénticos.

Me gusta mojarme bajo la lluvia sucia de un Madrid contaminado. Cuando llueve voy caminando al trabajo sin paraguas para empaparme hasta sentir frío. Me gusta la lluvia porque es un estado de excepción meteorólogico que rompe la rutina. El suelo del asfalto brilla como si lo hubieran lacado y los faros de los coches emiten una luz fantasmagórica. Todo tiene una atmósfera irreal. Y también me gustan los paraguas, para apoyármelos en el hombro y hacerlos girar más y más fuerte. Hacer como que no veo los charcos y meter los pies hasta calarme los calcetines.

Robo minutos a mis obligaciones en la oficina y dejo que Yann me cuente promesas incumplibles durante unos momentos. Luego consulto la aplicación del tiempo y cruzo los dedos para que no deje de llover. Aún no.

 

 

 

Horóscopo chino

 

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Prefiero las ratas. Son astutas, saben esconderse y son las primeras en largarse del barco. ¿Los tigres? Naaada chaval, gatos grandes. Parecen independientes, pero tuve uno, ¿sabes? y aunque lo patearas, si tenía hambre terminaba acercándose. Y lo peor, los perros. Tan fieles, tan gilipollas. Los mueles a palos y vuelven. Por eso yo soy rata y tú, perro. —Observo callado cómo hojeas la revista que acabamos de encontrar en la basura. Como siempre, estoy a tu lado, con la mirada agachada. Esperando el momento preciso para hacerte saber de una puta vez que yo nací el año de la serpiente.

Las vidas secretas de los paraguas

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Se le acumulaban los paraguas en el armario. Cada noche lluviosa, al terminar la jornada, salía de la cabina del conductor y revisaba los vagones vacíos del tren para rescatar  paraguas. Paraguas perdidos, tal vez añorados apenas durante unos minutos al notar su falta bajo el aguacero. Paraguas rotos, sucios: víctimas de un vendaval intempestivo. Abandonados después de una vida abnegada de humilde instrumento protector. Paraguas de todos los colores y tamaños. Había paraguas de hombres de negocios, o de funeral, según el caso: negros, serios, adustos, con mango de madera barnizada. Los había chiquitos, plegados hasta casi desaparecer: paradigma de la discreción, y también de la eficacia, desplegando con solo un clic todo su buen hacer. Paraguas coquetos, de colores rosados, con flores, de los que salen alegres a pasear bajo una tormenta de primavera en Sevilla. Los había también elegantes y sencillos, de líneas rectas, ideales para ir una tarde de domingo al cine o para apresurarse un martes por la mañana para llegar cuanto antes al trabajo. Pero todos huérfanos. Y cada vez que cogía uno le inventaba una vida pasada. Se imaginaba las manos que lo habían sostenido. Los abría y acariciaba el mango mientras cerraba los ojos hasta casi sentir la sombra de la persona a la que una vez había cobijado. Tenía la secreta esperanza de que alguna vez daría con el paraguas que le protegiera de los días grises y de los recuerdos que le llovían por dentro. Y acaso su antiguo propietario volvería a rescatarlo para llevárselo consigo. Junto con el paraguas.

© Sara Nieto

Microrrelato tuneado presentado en la VIII Microquedada relatista celebrada en Sevilla en mayo de 2018

La revolución de los números primos

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“…y descomponemos en factores primos para hallar el mínimo común múltiple. Luego, el resultado lo colocamos en el denominador y con este número hallamos los numeradores de las fracciones equivalentes a las originales para poder sumarlas. Porque si las dejamos como estaban no se puede ya que las fracciones con distintos denominadores no se pueden mezclar…” Ya está bien. Uve no puede más. Monta en una de esas rayas que parten las fracciones, cabalga sobre ella a modo de alfombra mágica y se pone al frente de un ejército de familias de números: primos, hermanos, padres, madres, abuelos y tíos. “Vamos”, los jalea, “luchemos contra la opresión de las cuadrículas del cuaderno”. Uve no acepta esa ley tiránica que prohíbe mezclarse a las fracciones y concebir nuevos números. Números de color rojo, azul, amarillo, que toman la posición que les da la gana, a la izquierda o a la derecha de la coma, da igual. Arriba o abajo de esos pisos que marcan las rayas. Ella los va a liberar. Saca de su púlpito a esos fanáticos llamados divisores. No más divisiones, no más particiones. Deja esos puestos de mando vacíos, sin obsesos del orden que dictan donde deben colocarse los demás. Recoge a esos números chiquitos, casi transparentes que viven ocultos, temerosos, en las sumas y las restas y los esconde en un lugar seguro, donde les garantiza que nadie nunca se los volverá a llevar. Rompe cubos, cuadrados y triángulos y da forma a un mundo nuevo lleno de un caos delicioso de líneas curvas donde los números viven a su libre albedrío y se reproducen como les da la gana. Donde ninguno vale más que los demás. Lástima que su mundo nunca salga de las paredes de la clase y termine cada vez que el profesor la saca a la pizarra.

Malena

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Fotografía de Ann Mansolino

Malena tenía los brazos largos. Así era: una niña triste y con los brazos largos. O al menos así la recuerdo yo. Ningún otro rasgo. Sus brazos… Y su mirada. No podría decir si era rubia o morena, si tenía los ojos claros u oscuros, ni si era guapa o fea, alta o baja. Sólo sus brazos, largos como los de un orangután. A veces sueño con ella, no sé por qué, y la veo con sus bracitos de niña, delgaditos y muy largos, arrastrándolos como hacen esos simios, y con la mirada triste y afable al mismo tiempo. Igual que los orangutanes.  La recuerdo caminando  por el patio del colegio, con los brazos desproporcionados en comparación con el resto de su cuerpo y colgándolos a la primera de cambio de cualquiera de sus compañeras. La conocí cuando apenas tenía seis años y recién empezábamos la etapa escolar. Nunca estuvo en mi clase, pero coincidíamos en el recreo, en la biblioteca, en los baños. Ella y yo. Ella y su tristeza. Ella y sus brazos buscando desesperadamente a quien aferrarse. Como esos monitos  huérfanos que rodean el cuello de sus cuidadores en los documentales que ponen en la sobremesa. Apenas lloraba, como solíamos hacer todos por cosas de niños: un empujón, una caída, una mofa de alguno. Si algo le pasaba, agachaba la cabeza y suspiraba resignada. Y en cuanto podía buscaba el abrazo a menudo no correspondido de la maestra, del conserje, de la niña que tuviera más cerca. O de quien fuera.

A la salida de colegio, mientras me reunía con mi madre y mis hermanos, yo solía seguir a  Malena con la mirada. Con sus bracitos pegados a ambos lados del cuerpo y arrastrando los pies, solía salir rezagada. Caminaba muy despacio, como a cámara lenta, y terminaba reuniéndose con su padre que la esperaba siempre solo, apoyado en la misma farola. A él nunca le tendía los brazos. Repentinamente, se volvían inertes y pesados. Si los miraba fijamente casi me parecía ver cómo le colgaban de las manitas un par de pesas de las grandes, de las que solían salir pintadas en el libro de matemáticas, atrayendo sus brazos obstinadamente al suelo. Igual que su mirada.

 

 

Memorias

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Con los pies a remojo mientras pescaban en su río, Anselmo y Domingo se contaban mutuamente sus historias. Repasaban cada día y con todo detalle sus anécdotas de juventud. Lanzaban la caña invisible, y enseguida sacaban, uno tras otro, recuerdos frescos y brillantes. Así hasta que entraba la enfermera y les parloteaba sin parar en un idioma que apenas comprendían sobre normas, pastillas, rehabilitación… Luego, cuando se iba con gesto de fastidio, ellos llenaban de nuevo las palanganas y volvían a sentarse en la cama.

Exploradora

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Ya recogerían la mesa mañana por la mañana. Camino del pasillo, a Ana se le cuela ese pensamiento atropellado entre besos ansiosos. O si no, pasado, decide mientras se quitan la ropa con prisa. O al otro, piensa al tiempo que caen sobre el colchón. O nunca. Total, ahora mismo no piensa volver jamás a esa cocina ni a ese piso cochambroso, ni a esa vida gris. Acaba de embarcarse en un viaje por tierras inexploradas. Tiene mucha piel que recorrer,  y no piensa traspasar las fronteras en mucho tiempo. Por lo menos, hasta que amanezca.

Tarde

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada estaban abarrotados de recuerdos infantiles: las risas, las cosquillas, los abrazos maternales.  La nostalgia.  Abrí el armario de mi habitación, huérfano ya de ropa. De las telarañas colgaban aún los reproches adolescentes, los insultos, el resentimiento.  La huida. Y en un bolsillo de tu bata, junto a una foto desvaída y el pañuelo que bordé en la escuela,  encontré todos los te quieros que durante treinta años nunca te dije.

Una vida de ensueño

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Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá cuando desperté la última noche que pude soñarlos bien.  Tras meses de amor apasionado, se habían decidido a vivir juntos. Esa fantasía, orquestada por mi mente, era lo único que animaba mis noches. Pero entonces se volvieron esquivos. Una noche me pareció intuirlos paseando con dos niños de la mano. Asquerosamente felices. Y la última vez  juraría que solo le vi a él, con los labios puestos  en una rubia que no era mi personaje. La intriga me puede. Así que he decidido tomarme unas cuantas pastillas para asegurarme de que esta noche la función llega hasta el final.