La cabeza

Si me arranco la cabeza todo se acaba.

Puede que termine todo perdido de astillas de hueso, tendones desgarrados y sangre, mucha sangre. O quizás no tanta. A base de no pensar mucho las ideas deben estár más bien flacas.

Quisiera que me arrancasen la cabeza de un tajo seco, como ideó Monsieur Guillotine. Qué elegantes quedaban las cabezas. Limpias de inmundicias y convenientemente retocadas con maquillaje. Una buena capa de polvos de arroz, colorete a profusión, bien peinada y sostenida en un a peana con una cinta roja al cuello no vayan a verse los restos de la carnicería. Eso sí con mi nombre debajo que diga la cabeza de Sara. No teman, es inofensiva

No soy

No soy ave de corral
No soy perro de sofá
Ni soy planta de maceta
No soy una madre abnegada con hijas amorosas que me reciben con besos y abrazos. No, no somos una estampa de familia de  película americana.
Tampoco soy una esposa sumisa que aguarda a su hombre haciendo calceta
Sé muy bien lo que no soy.

No tengo claro quién fui. Algunos me llaman poeta.

Me gusta

Me gusta el chocolate amargo,
las naranjas ácidas,
el azúcar tostado.
Me gustan los días de lluvia
y observar tormentas desgarrando el cielo sobre los tejados.
Me gustan las películas tristes y las novelas sin final lleno de perdices.
Me gusta mirar a los ojos de los perros porque es elocuente su silencio.
Me gusta pasear por los parques vacíos de niños cuando el sol se esconde en el firmamento.

Simulacro

Cuelgan los adornos de navidad de las ramas ajadas de los árboles de plástico como un mal simulacro de la felicidad ausente.

Redondas, suaves, brillantes, livianas esferas sin las aristas que acechan tras las esquinas de los días corrientes.

Pero las luces apagadas de guirnaldas tendidas en los balcones como esqueletos de sueños abandonados al viento helador de las madrugadas anuncian ya las prisas y las mentiras.

Y la ciudad afila sus dientes.

Volver

Volver con la seguridad de haberte ido hace mucho.
Caminar por un sendero trillado por el hastío.
Volver sin ganas, volver con el alma insulsa de quién ya conoce el destino.
Regresar a las aguas turbias de lo ya por sabido.
Nadar como un pez fuera del agua,
ahogándose en silencio, avanzando a espasmos violentos,
pasando miedo,
sintiendo cada vez más frío.

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El rayo verde

Y sin embargo hay un rayo verde que brota del sucio asfalto por el que transitamos ajenos a la vida real.
Basta el pretexto de una suave llovizna invernal para abrirse paso en la piel áspera de la ciudad.
Es como una cicatriz de la que mana la sangre mansa de una madre que llora en silencio la agonía de sus torpes hijos.
Un dolor sordo que nunca trae paz.

Por impulso nadamos

Por impulso mentimos cuando nos preguntan si todo va bien.
Sonreímos por inercia mostrando un remedo de mueca que nos llega a la sien.
Por impulso avanzamos a contracorriente de lo que nos dicta el corazón.
Seguimos a flote nadando en las aguas turbias con la piel vestida de la desilusión.

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Se nos olvida

Se nos olvida
que apenas somos una mota de polvo
con pretensiones de dioses.
Que la tierra no nos ha de ser leve,
sino grave.
Que antes que nosotros hubo otros
y otros deben venir.
Se nos olvida
que en el campo no se pueden clavar vallas
ni fronteras que contengan
el tiempo efímero que nos gobierna.
Que la ambición tiene medida y si no lo recordamos pronto, lo aprenderemos.
Se nos olvida
que somos muchos,
pero siempre fuimos pequeños.

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Desde arriba

A veces subo a la loma
del parque cercano.
Me gusta porque desde arriba
todo se ve más claro.
La carretera casi vacía de tráfico,
el horizonte de Madrid dibujando colores lejanos.
Al fondo brillan tímidos los secretos
de cientos de hogares callados.
Y tú tan cerca y tan lejos.
Tan en silencio, a mi lado.

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