La maldición del Fénix

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Imagen tomada de Internet

 

Vuelve a pedirme que le empuje al precipicio. Sabe tan bien como yo, que será en vano, porque cuando llegue abajo, permanecerá inmóvil un rato. Luego, cuando se canse de esperar y se dé cuenta de que no ha servido de nada, se levantará. Al terminar de sacudirse el polvo ya se habrá olvidado de todo. Subirá por la ladera sonriendo, como nuevo, disfrutando del sol y la brisa, y al llegar a la cima, su cara ya estará llena de lágrimas y el cielo ennegrecido. Ya sabré lo que va a pedirme y él ya sabrá que, pese a todo, no puedo negarme.

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El preguntón

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Fotografía de Johan Deckmann

Hay preguntas que no tienen respuesta. Y si la tienen es mejor no saberla. Y si no que se lo digan a Sebastián Ayamonte, más conocido como Sebas, entre sus amigos. O el Preguntón, entre los colegas del periódico.

Sebas no era mala persona. Tampoco un ángel. Te daba los buenos días si te cruzabas con él en el pasillo, te sujetaba la puerta del ascensor; y cuando podía husmeaba por encima de tu hombro intentando ver los mensajes de tu bandeja de entrada.  En la cafetería a veces se pagaba algo y a veces ponía verde al compañero de turno. Vamos, un currito estándar. Pasaba desapercibido la mayor parte del tiempo, incluso más de la cuenta. Sin muchas aspiraciones ni metas ambiciosas; sin oportunidades también.

Se le convocaba  a las reuniones para hacer bulto más que nada, y porque en la lotería de los puestos vacantes le tocó uno de jefe de sección de noticias locales (ese día no había nadie más para cubrir la plaza, y mira que se buscó). Sebas entraba en el despacho del redactor jefe, se sentaba donde podía, que solía ser detrás de alguien y aguardaba su turno para hacer alguna pregunta remotamente relacionada con lo que se estaba discutiendo. Porque a pesar de tener muy claro que había tocado techo profesional había algo en él que le movía a querer destacar. Como en el colegio cuando los niños levantan la mano para que la maestra sepa lo bien que atienden en clase.  Normalmente se le hacía el vacío muy diplomáticamente o se le contestaba del estilo “que sí, que te dediques a indagar sobre el nuevo sistema de recogida de basura que ha puesto el ayuntamiento, que es muy interesante. Eso, eso, y muy ecológico también”. Y con un visto muy sucinto pasaban a lo verdaderamente importante. Marga, la de Política solía darle un codazo a Jaime, de Sucesos, y con la mirada se decían “ya está el preguntitas”. El jefe soltaba un soplido impaciente y seguían discutiendo sobre la enésima trama de corrupción del momento y la mejor forma de maquear la información. Porque no era cuestión de echarse encima al jefazo gordo y a la plana mayor de buitres, que mucho periodismo independiente pero ojito con lo que se publicaba.

Por norma general, llegados a este punto Sebas y los que no estaban al tanto solían dejar la sala con discreción. Pero aquel día se sentía inspirado y por no se sabe qué motivo -que él alegaba para sí que tenía algo que ver con su integridad moral o alguna gaita por el estilo- volvió al término de la reunión. A solas con su jefe hizo su última pregunta. Confiado en que sería su pasaporte al estrellato del periodismo de investigación -destapar una trama interna, ahí es nada- disparó su cartucho. ¿Por qué la jefa de Política se escribía asiduamente con el principal sospechoso de la red de blanqueo de capitales que estaban siguiendo? Efectivamente,  pulsó la tecla correcta. El jefe se levantó, se asomó a la puerta y, después de cruzar una mirada con Marga, la cerró lentamente. Toma asiento, Sebastián, no te quedes ahí de pie, hombre. Y ese día salió de la redacción más feliz que nunca. Lástima que ya nunca volviera a entrar. Y es que además de preguntón, Sebas era muy dejado para llevar el coche al taller. Ya es mala suerte que justo esa noche se le bloquearan los frenos bajando por la recta del Escorial. Pero mira tú qué cosas, que el ramo más grande de todo el tanatorio fue el de Marga.

® Sara Nieto

 

 

Soplar vilanos

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Fotografía de Michael Pederson

Es importante resistir la tentación de ir por ahí pidiendo deseos de venganza, no vaya a ser que se te concedan. Te podrías encontrar soplando todos los vilanos del parque cada mañana como una loca. El lunes: por favor, que a mi jefe le atropelle un coche. El martes: pero  que salga del coma. El miércoles: que no se quede tonto, que gilipollas ya es. Así hasta que no quedaran. Créeme, si vas a desear males a alguien no puedes tener conciencia. Así que deja a tu novio antes de que te veas buscando tréboles de cuatro hojas, que de esos hay menos.

Contribución para Los Viernes Creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/10/13/viernes-creativo-escribe-una-historia-208/

 

 

 

 

Contra el reloj

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Llegaba tarde a todas partes. De las comidas, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales. Y lo que más le fastidiaba era perderse el momento de soplar las velas.  Por eso, para aquella ocasión se compró el reloj más grande y más preciso que encontró en la tienda. Se engalanó con un ojo puesto en el espejo y otro en la brillante esfera. Bien,  las agujas se movían a buen ritmo y él también.  Tic, una manga; tac, otra manga. Tic, un botón; tac, otro botón. Tic, se atusa el pelo; tac, un último vistazo. Tic, abre la puerta; tac, echa a andar. Tic, la aguja se adelanta; tac, vamos, un poco más deprisa, esta vez no me vas a ganar.  Tic, ya casi llega; tac, ahí está la entrada. Tic, ¿pero qué hace esa niña rubia ahí? Tac, ¡ay no! ¡Ya son más de las tres! La niña parlotea, le distrae. Que se llama Alicia. ¿Y a él qué le cuenta? Mira su reloj, la mira a ella y de nuevo al reloj que ya ha vuelto a ganarle la carrera. Suspira y se promete que esta vez va a ser él mismo el que pida a la Reina de Corazones que le corten la cabeza a esa inoportuna.

® Sara Nieto

¿A qué sabe una sonrisa?

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Fotografía de Daniel Rueda

 

Suelto el paraguas, la correa de la perra y el abrigo nada más entrar. Más bien lo dejo caer en el suelo y corro hacia el sofá, que aún conserva mi silueta hundida. Mi madriguera. En la mesa, dos bolsas de patatas fritas, un envase de helado medio derretido y mis ilusiones rotas. Roxi me mira con sus ojos redondos y dulces de niño pequeño. Me arrima el hocico. Le niego la caricia y finalmente se tumba dispuesta a acompañarme en mi duelo. Hoy solo me apetece bajar a mi infierno, dejarme visitar por mis fantasmas. Y si no fuera por Roxi y sus inoportunas ganas de mear podría regodearme en mi desgracia tan a gusto y sin interrupciones. No tendría que ir a la calle a ver el mundo exterior y darme cuenta de que, a pesar de todo, la vida continua. La gente camina apresurada hacia sus trabajos, los ancianos pasean y los niños corren y saltan. Y a veces, cuando ya no pueden más o están cansados hablan y les oigo decir cosas que dan que pensar. “¿A qué sabe una sonrisa? A caramelo de limón. Pues a mí, a tarta de fresa. ¿Y a qué huele? A tierra mojada. A la colonia que usa la abuela. A bizcocho recién hecho. A mí me suena como si fueran cascabeles. ¡Sí!, y a pajaritos cantando temprano también. Y es de color rojo. ¡Si! Rojo, pero muy rojo, como el pintalabios de la Seño Eva.”
Niños.

Comienza a dolerme la espalda de no cambiar de postura en el sofá. Va siendo hora de levantarse. Tengo hambre. Voy a la cocina y sin saber muy bien porqué saco una receta antigua de mi madre. Bizcocho de limón. Una hora más tarde, mi casa desprende un olor dulce. Antes de irme a la cama me miro en el espejo por primera vez en cuatro días y ahí está, un atisbo de sonrisa. Acabo de decidirlo: mañana pongo el despertador a las siete. Ah, y le voy a comprar un cascabel a Roxi.

® Sara Nieto

Colaboración para Los viernes creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/29/viernes-creativo-escribe-una-historia-206/

El pasadizo

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Sin que nadie la vea, la niña de la melena formidable va hasta el pozo y se zambulle sin dudarlo. Sabe que si la encuentran lo menos que le harán será cortarle el pelo. El mes pasado se llevaron a Juana, la del Tomillero, junto con sus hermanas y sus hijas, y después de quince días las soltaron en medio de la plaza desnudas, rapadas y con la mierda resbalándoles por los muslos, después de haberlas atiborrado a aceite de ricino.  A ella no va a pasarle lo mismo.  Porque ella tiene conoce un pasadizo secreto. No se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a su prima favorita, Carmelilla, a la que tanto le gusta enredar con sus largos mechones castaños. Y mucho menos a la tía Petra. Ella le tiene terminantemente prohibido ir a la huerta y acercarse al pozo.

Por eso, en cuanto ha visto asomar los uniformes y sentido el retumbar de las botas por la bocacalle se ha escapado por detrás y ha corrido hacia la huerta. Por el camino ha espantado a cuatro gatos que dormitaban en los alféizares de los ventanucos que dan al callejón. Los perros de Justiniano se han puesto a ladrar como locos. Con el corazón a punto de estallar y el miedo erizándole el vello de la nuca, la niña reza en voz muy baja  para que nadie se dé cuenta de que algo raro pasa. Por suerte cuando llega al pretil se da cuenta de que es noche de luna llena porque la ve reflejada en el agua como una enorme hostia consagrada como las que les da Don Severo en la misa y que le sabe tan rica. Mejor, piensa, así le alumbrará el camino para encontrar mejor a madre. Ella también se fue a buscar a padre en el pozo hace un par de años y aún no ha vuelto.

Enedino, el “enterraor”

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Fotografía de Cristina García Rodero

Llevo viniendo a este pueblo años, décadas y no he conseguido aún identificar la complicada maraña de relaciones familiares de unos con otros y con sus correspondientes motes. Así que me limito a beber con tranquilidad mi cerveza, asistir a la conversación que me ocupa, reírme de los chistes que cuenta Pepe y escandalizarme con el último chisme de la temporada. Mientras tanto, a veces fijo la mirada en la fotografía en blanco y negro que hay detrás de la barra que atiende la Chusa y que es parte de la colección de imágenes del antiguo paisanaje del lugar. De vez en cuando pongo el piloto automático y me meto dentro de esa instantánea costumbrista que me habla de tiempos de necesidad y de opresión. Probablemente tiempos de guerra o de posguerra en un punto perdido de la geografía española. Veo silencio y soledad y lamentos. Un viejo que hace guardia en la puerta de su casa. Que espera a que alguien venga o que procura que alguien no se vaya. ¿Será ella a quien custodia, la mujer seca y triste aferrada a los barrotes de la ventana, vestida de luto?…
Y entonces vuelvo al presente justo a tiempo. La Chusa está explicando quién es cada uno de los que salen en las fotos. Yo pego la oreja y no tengo ni idea de la gente a la que nombra, muchos bisabuelos o tatarabuelos de los presentes. Pero cuando llega a mi foto procuro enterarme bien de quienes son.
—Y el tío Enedino, el “enterraor”. Vosotros ya no lo conocisteis pero acostumbraba a sentarse al fresco todos los días al caer el sol y ahí se la pasaba saludando a todo el mundo, vivos y muertos —la Chusa baja la voz y tocándose con un dedo la sien
prosigue—. Estaba un poco p’allá. ¿Pues no decía que veía a los muertos cuando salían a pasear todas las noches? Y que algunos hasta le hacían visitas. Aunque reconozco que a mí de pequeña me daba un poco de repelús.
—Y la mujer de negro de la ventana quién es? ¿Su esposa?
La Chusa se gira por completo para mirar la foto y luego a mí. Nuestras miradas se cruzan un instante y las dos volvemos de nuevo a posarlas sobre la imagen en la que únicamente aparece Enedino en su silla.
—¿Qué mujer? — me pregunta despacito y clavándome los ojos.

Palíndromos

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Desde el día que murió hasta su nacimiento Otto vivió al revés. Justo al contrario que su gemelo. Cuando Sabas comenzó a andar, Otto soltó el bastón. El día que su hermano dio su primer beso, él recibió el último. Uno comenzó a trabajar; el otro se jubiló. El día que Sabas se casó, Otto firmó el divorcio. Sólo una vez coincidieron en mitad de sus trayectos. En el mismo cine y con la misma chica sentada entre ambos. En la oscuridad ella buscó la mano de Otto. Y obró el milagro. Ahora Otto recorre su camino en sentido inverso. O correcto, según se mire.

 

Distracciones

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La mosca revolotea, sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño.  Ene la acaba de encerrar ahí porque no la deja estudiar. Vuelve a sentarse en su escritorio y se esfuerza en leer sus apuntes. Por fin sin mosca, pero…  ¿qué estará haciendo?, se pregunta. Seguro que se aburre dando vueltas entre botes de champú y gel. Se la imagina posándose en el lavabo y mirando hacia el desagüe como si estuviera en el borde de un precipicio que da a un abismo oscuro y misterioso. ¡No, sal de ahí, mosca! Ahora le parece verla volando frente al espejo y preguntándose quién será esa otra mosca que se empeña en imitar a la perfección sus movimientos. ¿Sabrán las moscas lo que es un reflejo? ¿Intentará atravesar el espejo para acceder a ese otro mundo reflejado? ¿En cuántos mundos distintos habrá estado? Ene se pregunta si habrá viajado mucho y cuántos kilómetros puede recorrer una mosca al día. Claro, que si va en coche, como esas moscas que su padre llama “cojoneras”  y que tienen la manía de meterse en el coche cada vez que vienen de pasar el día en el campo, las posibilidades de conocer mundo se amplían enormemente. Por ejemplo, si una mosca se cuela en un autobús que va de Madrid a París, puede llegar a la ciudad de las luces y hacer turismo y subir a la Torre Eiffel. Y si luego coge un tren que vaya a San Petersburgo, podría pasearse por el mismísimo Palacio Imperial. Y si… ¡Para mosca, estate quieta ya!  Ene se levanta, va al cuarto de baño y abre la puerta. Y ahí está, mirándola indiferente, frotándose las patitas como sólo las moscas saben hacerlo. Si pudiéramos oírla, estaría soltando una risilla maliciosa.

 

 

Espíritu familiar

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Cuando era niña pasaba los veranos en el pueblo, en un caserón viejo y ruidoso. “Shhhh, que las paredes oyen” me decía la bisabuela. Yo no lo entendía, hasta que una noche Adelaida salió de detrás del espejo de mi cuarto. Me llevé un buen susto, pero lo peor fue comprobar que no sólo oía sino que no paraba de hablar y era una cotilla de cuidado. Me cuchicheaba al oído todos los secretos, grandes o pequeños, de la familia entera. Era verme sola y allá que se me pegaba a darme la tabarra. Con el tiempo y la edad Adelaida desapareció. He llegado a pensar que tan sólo fue un producto de mi imaginación. Pero el mes pasado volví al pueblo con los niños. Y desde entonces mi hija la pequeña me mira raro.

Contribución para Los viernes creativos