Mar Horno. Naufragar en mares lejanos (o no tanto)

Entrevista: Sara Nieto

«La literatura puede ser una buena isla en la que recalar»

Mar Horno en la Feria del Libro

Queridos amigos, hoy les traigo una modesta entrevista. Bueno, más bien una charla entre amigas para mostrar a quien no la conozca a una de las mejores voces del microrrelato actual. Ella es Mar Horno, que ha sido desde siempre un referente para mí a la hora de acercarme al microrrelato. Y digo acercarme porque aún no he llegado a su altura.
Desde que comenzó a adentrarse en este género ha cosechado multitud de premios como La Microbiblioteca, Relatos de viajes de La Ser, Purorrelato de Casa de África o quedado finalista de grandes certámenes como el de Madrid Sky, además de un largo etcétera que podéis encontrar descrito navegando por las redes o en la solapa de su nuevo libro, por cierto. Hablo de «Náufrafos del Océano Índigo», editado por Zahera Silvar, dentro de lo que ya empieza a ser una insigne colección: “Lenguas de ornitorrinco”. Además, esta nueva obra cuenta con unas maravillosas ilustraciones de Dictinio de Castillo-Elejabeytia.

Y dicho esto, que era imprescindible para acercaros a esta gran mujer y escritora, os dejo con nuestra pequeña charla sobre letras y vida.

Mar Horno: Hola Sara, es un placer conversar contigo. Talentosa e inteligente escritora a la par que
amiga. Pocas cosas se pueden comparar a tomar un café (real o imaginario) con alguien con la que compartes afición y devoción. Gracias por esta entrevista.

Sara Nieto: No tienes que darme las gracias. El placer es mutuo. Y adentrándonos ya en el tema que nos ocupa, que es tu nuevo libro, lo primero que percibo tras leerlo es una evolución desde tu primera obra:
“Precipicios habitados”. Veo que sigues manejando a la perfección el ritmo y las tramas pero también hay una serenidad y una madurez, que solo da la experiencia.

M.H.: Sí, diez años en el género se notan. En «Precipicios habitados» estaba la frescura, el encanto y la valentía de aquellos primeros años en los que descubrí el microrrelato y en los que quedé absolutamente enganchada al género. Al principio escribía casi con ansia, me presentaba a todo concurso que se convocaba, a veces, sin apenas corregir los textos y predominaba el relato negro o de terror con el típico final sorpresivo. Ahora, con «Náufragos del Océano Índigo», la escritura ha sido más reposada, más perfeccionista, más disfrutona, por decirlo de alguna manera. Me he acercado, más si cabe, al surrealismo, que es donde me encuentro más cómoda y he buscado yo la inspiración poniendo freno a los asaltos a traición que ella me propinaba durante los primeros años. Me llevaba por donde quería, a veces tiraba de mí como un perro grande y caprichoso. Ahora obedece algunas órdenes básicas.

S.N.: Me encanta que hayas podido conseguir que tu inspiración obedezca algunas órdenes. Yo estoy en ello, ya me darás el secreto. Pero hablemos de tu estilo: sigues manteniendo el mismo, en lo que ya se
vislumbra como un sello de autora. Tus textos contienen la narratividad necesaria para contar una historia concentrada pero siempre aderezados con dosis de poesía creando bellísimas y efectivas metáforas. De hecho alguno de tus micros podrían definirse como prosa poética. ¿Has pensado alguna vez en escribir poesía? Por que dotes, no te faltan…

M.H.: Pues no, nunca me lo he planteado. Me encanta la poesía, de hecho, los poetas de la Generación del 27 me marcaron y son una de mis influencias. Pero me siento incapaz de escribir poesía, me parece muy difícil de escribir aunque, yo recojo todos sus aparejos y los utilizo: sonoridad, figuras literarias, ritmo, imágenes oníricas… Las metáforas me chiflan, podría vivir de metáforas. Sin embargo, se me queda en el tintero el lirismo. No entiendo la escritura como introspección. Contar historias es lo que me gusta y la prosa poética me proporciona lo mejor de ambos géneros, la libertad de narrar pero con la belleza de la poesía.

Una vez gané un concurso de microrrelato en mi tierra, en Baños de la Encina, y el presidente del jurado era poeta. Me dijo que el micro ganador era pura poesía. Era verdad. Yo creo que el escritor que no puede ser poeta, escribe microrrelato.

S.N.: Yo no diría tanto, mujer. En cualquier caso sigue recogiendo esos aparejos que se está dando muy bien la pesca, ¡jajaja!. Ya hemos mencionado que tus relatos siempre han nadado en aguas de fantasía. Y ya nos dices que te gusta el realismo mágico. En efecto, en este libro te afianzas en esos mundos de imaginación, de lo imposible. ¿De dónde sale esta querencia por lo irreal y lo fantástico? Adivino que
tiene algo que ver tu infancia, los niños y las lunas. ¿Me equivoco?

M.H.: Siempre lo digo, yo creo que mi único mérito como escritora es tener una imaginación desbordada. El surrrealismo y la fantasía me permiten contar las historias que se me ocurren sin caer en el absurdo. Los cuentos de tradición oral que me contaba mi abuela cuando era una niña, los programas infantiles de televisión de los 80, el género fantástico de Tolkien, el cuento gótico del XIX y XX y el realismo mágico de García Márquez marcaron mis primeras lecturas. Entiendo la literatura como evasión y divertimento y, estas lecturas, me demostraron que en literatura todo es posible. La realidad está ahí, la conocemos y la vivimos todos días, pero a mí me gusta contarla de otra manera para sacar al lector de su cotidianidad, de su zona de confort, de su horario de 8 a 3. Todo es posible para mí y me gusta hacer sentir al lector, lo mismo.

S.N.: ¡Ay, esos programas de los 80! Ya me has despertado la nostalgia, ¡jajaja! Siguiendo con el tema de tu estilo, me gustaría comentarte que encuentro también, en una combinación perfecta para mi gusto, por cierto, que junto a estas narraciones, además de esa mirada poética hay en muchas ocasiones una mirada sarcástica muy ácida. Recuerdo por ejemplo “Cifras” ¿Dirías que en este libro hay más descreimiento hacia la realidad, más ironía?

La burla bien hecha, educada e inteligente puede cortar más que un cuchillo y zarandear conciencias con más fuerza que un grito.

Mar Horno

M.H.: La vida es pura ironía. Cuantos más años cumplo más sensación de ello tengo. El género humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Solo hay que mirar alrededor para sentirse absolutamente decepcionado por nuestra especie. Soy andaluza, aunque no especialmente graciosa o ingeniosa, pero sí está en mi cultura el aceptar la vida con humor y el humor no deja de ser una herramienta crítica que esconde la protesta contundente dentro de la aceptación. La burla bien hecha, educada e inteligente puede cortar más que un cuchillo y zarandear conciencias con más fuerza que un grito. Es un arte que yo a veces logro dominar y que me gusta utilizar en mis historias.

S.N.: Totalmente de acuerdo, Mar. Y entiendo entonces por qué bajo ese velo de magia que tienen las cosas que ocurren en tus relatos, subyacen  realidades muy duras. No sé hasta qué punto esto es intencionado o simplemente es el sonido de la respiración de los náufragos que habitan tus  relatos.

M.H.: Que mis relatos estén envueltos en fantasía y realismo mágico no quiere decir que estén fuera de la realidad, al contrario. La felicidad, la redención o los finales felices no son frecuentes en mis microrrelatos. En Náufragos del Océano Índigo hay violencia, pederastia, opresión, muerte y desamor. Contarlo de otra manera es una defensa contra las atrocidades que vivimos todos los días. Escribir, la literatura, muchas veces sirve para conjurar miedos propios y ajenos.

S.N.: ¿Por eso quizás el título? ¿Los náufragos de la vida?
M.H.: Sí. Todos somos náufragos en esta sociedad que nos ha tocado vivir, llena de prisas, problemas, soledades e incomprensiones. Todos necesitamos agarrarnos a algo para sobrevivir al oleaje. Cada uno, a lo que puede. Los más afortunados encuentran alguna isla. La literatura puede ser una buena isla en la que recalar. Además, todos los hombres y mujeres somos expertos en naufragios. Nos pasamos la
vida naufragando. Pero un naufragio no tiene porque ser algo malo sino algo de lo que aprender. Si tu barco hace aguas, vuelve a puerto y repáralo. El Océano Índigo es una metáfora de mi propio mundo literario, de mi mar de historias donde quiero que el náufrago-lector se sumerja sin miedo.

S.N.: Y es una inmersión que merece la pena, lo atestiguo. Pero ahora viene la andanada de preguntas inevitables y poco originales que ya te habrán hecho mil veces, pero que resultan imprescindibles para acercarte a los nuevos lectores de tu obra. Primera de ellas ¿En qué te inspiras?

Casi nunca se me ocurre una historia cerrada. Tengo una buena idea y es la propia historia la que me dice a donde quiere ir. Y muchas veces no quiere ir a ningún sitio.

Mar Horno

M.H.: Yo soy esclava de los caprichos de la inspiración y de sus tiranías. No soy una escritora disciplinada ni me pongo a escribir todos los días. A veces pasan meses sin que escriba nada. La musa nunca me encuentra trabajando. Es verdad que mi imaginación me proporciona muchas ideas, algunas casi rozando el absurdo pero en la mayoría de las ocasiones no llegan a nada. Una frase, una imagen, una canción puede ser el detonante, pero casi nunca se me ocurre una historia cerrada. Tengo una buena idea y es la propia historia la que me dice a donde quiere ir. Y muchas veces no quiere ir a ningún sitio. Un objeto simple y vulgar como una percha, de la que se cuelga ropa, colgar, colgarse de una persona (léase Perchas). Las sábanas de mi madre, guardadas durante cincuenta años en un cajón, no tienen más remedio que sentir añoranza (léase Noches en blanco). Los nichos de un cementerio me parecen los mismo bloques pequeños y tristes de los barrios periféricos (léase Muertos). Cuando tenía que terminar Náufragos del Océano Índigo, también recurrí a leer libros de otros compañeros microrrelatistas. Leer a los mejores siempre te inspira. Esta es una excelente técnica para conseguir buenas ideas. A mí me funciona.

S.N.: Excelente micro el de Perchas, por cierto. Desde que lo leí me quedé «colgada». ¿Cuáles son tu escritores o tus libros de cabera? Me refiero, literalmente, a esos con los que te vas cada noche a la cama. Las últimas letras que entran en tu cabeza antes de dormir.

M.H.: Nunca falta en mi mesilla de noche un libro de microrrelatos. Los intercalo con novelas. Tampoco falta alguna antología de la editorial Valdemar, de esas de aparecidos, mujeres vampiros, terrores innombrables. El género de terror es mi vicio, nunca me canso de leerlos. También la novela negra (me crié con Agatha Christie), me encanta Arantza Portabales, Domingo Villar. No tengo preferencias de autores o géneros pero sí que es verdad que leo por evasión. De lo último que he leído, me ha gustado mucho «El verano que mi madre tuvo los ojos verdes», de Tatiana Tibuleac, «Tierra de Campos», de David
Trueba, «Dicen los síntomas», de Bárbara Blasco, «Historias de mentes», de Portabales, «Hubo un Jardín» de Valeria Correa Fiz, podía escribir una lista de cientos de páginas. García Márquez, Muñoz Molina, Alice Munro. Nunca dejo de asombrarme ante el talento humano para contar y emocionar a otros contando.

S.N.: Y ahí va otra inevitable. ¿Por qué y cuándo empezaste a escribir? ¿Por qué microrrelato?

M.H.: Nunca me había planteado escribir. Había escrito en la adolescencia, tonterías, algún cuento que jamás pretendí publicar. Soy más lectora que escritora, aún hoy. Pero cuando leí un microrrelato en Internet por primera vez con casi cuarenta años, de forma casual, me quedé absolutamente abducida por este género. Que se pudiera contar tantas cosas con tan pocas palabras me cautivó hasta el punto que decidí que yo quería escribir microrrelato y no solo escribirlos sino publicarlos. Me dije, madre mía, esto es lo que yo he estado buscando escribir toda mi vida y lo acabo de encontrar. Me matriculé en varios cursos de escritura creativa, abrí un blog, empecé a ganar concursos, publiqué mi primer libro “Precipicios habitados” con Talentura y aquí estoy, diez años después, con la misma pasión. Siempre seré, ante todo, microrrelatista.

S.N.: Háblame de tus proyectos. Me suena que te ronda por la cabeza una historia larga.

M.H.: Sí, empecé una novela hace un año y medio. Culpa de Arantza Portabales, que me animó a ello después de leer un cuento mío. No sé si la terminaré algún día o si la llegaré a publicar, pero la verdad es que estoy disfrutando mucho escribiéndola. Al principio fue un suplicio contar en tres folios lo que yo podría contar en medio, pero le he cogido el gusto y ahora no puedo parar. Lo importante es que escribirla me divierte y me hace feliz, como cuando escribo micro, y eso para mí es una terapia, imprescindible en mi vida. La escritura y la lectura son la tabla de salvación, la isla de mis naufragios,
esos naufragios cotidianos que a veces te hacen dudar de la cordura.

S.N.: Aquí entre nosotras ¿consideras que se puede identificar cierta literatura como literatura escrita por mujeres? Quiero decir, si consideras que hay algo definitorio en el modo o la temática a la hora de escribir cuando lo hacen las mujeres y si tú lo ves así en tu obra.

M.H.: No creo que haya literatura escrita por mujeres o por hombres. No lo siento así. Para mí, hay buenos libros o malos libros, libros que te llegan y otros que no, géneros distintos, estilos diferentes, temáticas con la que te puedes sentir más identificado. Allá cada uno con sus elecciones, tanto al leer como al escribir. Yo creo que cada escritor escribe lo que tiene dentro. Sin duda, si eres mujer has tenido unas vivencias distintas a un hombre, pero también a otras mujeres. La sensibilidad, la inteligencia, el talento o la creatividad no es cuestión de género. Es mi percepción.

S.N.: Pues nada, Mar querida. Ha sido un placer conversar contigo, como siempre. Besos azules, por supuesto.

M.H.: Besos índigo, Sara. Espero poder coincidir pronto contigo de nuevo. El lugar y el motivo, lo de menos.

En efecto, como bien nos dice Mar Horno, no hay motivo ni momento especial para agarrar a alguno de los náufragos que ha atrapado en su libro y hacerle contar su historia. No nos dejará indiferente. Eso seguro. Por cierto, ella y yo nos debemos un café real. O lo que se tercie.

Qué lindas las arvejas

Foto: Sara Nieto

qué lindas las arvejas que crecen libres al borde de los caminos en primavera

nadie les presta atención

a menudo se las pisa, se las arranca sin miramientos

solo son malas hierbas inservibles un estorbo en el gris asfalto

qué importa que sean bellas o que tengan algo que decir

a veces recojo algunos tallos y les doy acomodo en un jarrón

las pongo en la cocina y me acompañan mientras decidido si tengo hambre o no.

Tener un pueblo

Jugar en la calle arrastrándose por el suelo.

Olvidarse de las pantallas. Sentir en sol en la piel, el batir de las alas de las cigüeñas en su ir y venir al nido del campanario.

Las golondrinas y gorriones atareados criando polluelos.

Los gatos y los perros paseando a sus anchas.

Las ranas croando en la charca. Pararse al borde del camino para dejar pasar

a un ejército lanoso lleno de balidos. Correr detrás de las gallinas.

Cazar bichos y ver cómo se afanan las hormigas para acarrear comida.


Tener un pueblo y ser niño.

#saranietoescritora #cuentoscontigo #niundíasinpoesía

Las últimas águilas

Corre el caudal de plata entre los montes.

Aquieta los temblores de mis entrañas. Llévame donde tú vayas.

Quiero ser río, quiero ser aire en calma. Que las últimas águilas nazcan en mis orillas rocosas.

Que alcen el vuelo sobre el espejo de mis aguas.

#saranietoescritora #niundíasinpoesía

Jaulas de hormigón. La cárcel interior

Mayte Blasco nos lleva de la mano, como acostumbra a hacer, con su prosa ágil, clara y sin concesiones a la mojigatería durante un recorrido por diez cárceles interiores. Diez Jaulas de hormigón, diez historias cotidianas que suceden en la intimidad de las cuatro paredes en las que nos solemos ocultar de la insoportable realidad, donde nos podemos quitar la máscara. Dentro de los refugios particulares se desatan las tormentas que arrasan a cada uno de los personajes femeninos que componen este collage de desasosiegos y sufrimientos aparentemente prosaicos.

Mayte tiene una rara y preciosa habilidad para describir los paisajes interiores de personajes turbados, maltratados por las circunstancias sociales y personales. Se confirma por tanto, su compromiso con la denuncia de situaciones injustas, ya sean relacionadas con la ecología, con la política o con las desigualdades por razón de género.

En el caso de Jaulas de hormigón sobrevuela durante todo el libro el sentimiento de desesperanza y frustración de distintas mujeres. Mujeres sometidas al matrimonio como si fuese un sacerdocio. Madres abandonadas a la deriva del amor perdido de los vástagos, esposas ignoradas y anuladas, madres huérfanas de hijos que se refugian en los paraísos artificiales del sexo o el alcohol, mujeres que naufragan en las aguas turbulentas de una maternidad castrante, mujeres atrapadas en cuerpos con los que no se identifican, mujeres violadas y traumatizadas. Mujeres, en definitiva, trazadas todas por una herida abierta que no deja de sangrar.

Pero lo cierto, y aquí es donde radica la maestría de la escritora, es que sean mujeres u hombres los protagonistas de cada historia, la descripción del alma y de los sentimientos es común a todos y está tan bien dibujada que el libro adquiere una dimensión que trasciende lo anecdótico y nos cala de tal forma que tiempo después de leer la última línea continuarán resonando en nuestra cabeza esas grandes historias mínimas.

Asombro

Foto: Sara Nieto

La belleza está en los detalles desapercibidos.
Está en unas manos de niño
Recogiendo la flores silvestres sobre las que otros no reparan.
Tener ojos de niño,
Paseando por el parque
Volver al asombro de la infancia.

La primavera ya asoma la cabeza con descaro.
Saca los dientes y muerde el sol como un león africano,

perdido, huraño,
metido a la fuerza en un zoo cercado.
Ajenos a todo muchos ríen en esta
Cálida primavera vestida casi de verano.
Pero algunos echamos de menos las nieves de antaño.

Veinticuatro de febrero de 1981

A mi padre.

Salgo a la calle con mi mochila a cuestas.

No hay nadie. Apenas cruzamos palabra mi padre y yo.

En casa mi madre se ha quedado lloriqueando, asustada.

Que no, que no salgas con la niña,

que no, que no vaya al colegio.

¿No viste ayer los tanques?

¿Acaso no le viste la cara al hambre cuando eras niño?

¿No te acuerdas del miedo, del silencio que cosía nuestras bocas?

¿Quieres que una voz sin nombre te denuncie por desobedecer?

Que sí, mujer. Recuerdo el hambre, recuerdo el miedo.

Lo recuerdo bien. A mi padre lleno de piojos y una herida abierta en el pecho

que en cuarenta años aún no ha cerrado. Eso recuerdo.

Que a unos sí les cicatrizan las penas y a otros no.

Tengo presentes a todos mis hermanos corriendo a esconderse

cuando venía el caporal.

Y los pechos secos de mi madre, más secos aún que sus ojos.

Lo recuerdo bien.

Yo terminaba de ponerme los zapatos mientras mi padre elevaba la voz

y decía: hoy es veinticuatro de febrero y la democracia sigue viva.

Nos han dicho que hagamos vida normal y eso vamos a hacer.

En la calle reina un silencio nervioso.

Solo al acercarnos al colegio se ven a algunos niños con sus padres.

El mío y yo apenas cruzamos palabra en todo el camino.

No hace falta.

La cabeza

Si me arranco la cabeza todo se acaba.

Puede que termine todo perdido de astillas de hueso, tendones desgarrados y sangre, mucha sangre. O quizás no tanta. A base de no pensar mucho las ideas deben estár más bien flacas.

Quisiera que me arrancasen la cabeza de un tajo seco, como ideó Monsieur Guillotine. Qué elegantes quedaban las cabezas. Limpias de inmundicias y convenientemente retocadas con maquillaje. Una buena capa de polvos de arroz, colorete a profusión, bien peinada y sostenida en un a peana con una cinta roja al cuello no vayan a verse los restos de la carnicería. Eso sí con mi nombre debajo que diga la cabeza de Sara. No teman, es inofensiva