Una vida de ensueño

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Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá cuando desperté la última noche que pude soñarlos bien.  Tras meses de amor apasionado, se habían decidido a vivir juntos. Esa fantasía, orquestada por mi mente, era lo único que animaba mis noches. Pero entonces se volvieron esquivos. Una noche me pareció intuirlos paseando con dos niños de la mano. Asquerosamente felices. Y la última vez  juraría que solo le vi a él, con los labios puestos  en una rubia que no era mi personaje. La intriga me puede. Así que he decidido tomarme unas cuantas pastillas para asegurarme de que esta noche la función llega hasta el final.

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Abandonada

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada lanzan miradas acusadoras a cualquiera que se atreva a penetrar. Como si no quisiera que nadie contemplase su desnudez, sus fantasmas revelados, sin sitio ya para esconderse.

Cumplesueños

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Nueve de la mañana. Sábado. Frío. Sueño. —Felicidades, cariño —me susurra mi marido al oído. Me doy la vuelta y le beso. Me acurruco para sentir bien el calor de su abrazo, que, a pesar de todo,  sigue intacto, tantos años después. Entonces, irrumpe la pequeña, como un torbellino:

—¡Rápido, las mantas!

—¿¡Qué!? —contesto yo.

—¡Las mantas! ¡Las necesito todas!

—Felicita a tu madre, ¿no? —dice su padre.

—Ah, sí, mami —contesta mientras se sube a la cama con zalamería gatuna. Pone la voz melosa y aflautada como si regresara a los dos años y me abraza y me besa   ronroneando—. Felicidades, mami.

Luego entra la mayor con su recién estrenada edad de dos cifras, arrastrando los pies y sus pensamientos trascendentales. Se frota los ojos y acierta a decir muy seria:

—Las mantas, mamá. Dámelas. Y felicidades. —Entonces me mira en silencio, solemne, con los ojos como dos cámaras fijas, como si quisiera atrapar en su memoria para siempre esa imagen. Y me dice con una voz que sale de mucho más adentro que su garganta:

—Te quiero mucho mamá. —Se me abalanza y me abraza, con los brazos un poco pesados aún por el sueño y un poco torpes.

Y ahí estoy, en la cama con mis dos pequeñas que cada vez lo son menos, subidas encima de mí, abrazándome y dejándome sin respiración. Y cuando me quiero dar cuenta noto un bulto nuevo sobre la cama. Es Lía, mi niña-perra, la última en llegar a la familia. El deseo de cuatro patas cumplido de mi hija mayor, a la que ignora por completo si estoy yo presente. Estoy convencida de que Lía piensa que es una hija mía más. Y por supuesto,  reclama como ninguna su ración de achuchones. Ya estamos todos. Llegados a este punto, el padre de las criaturas, mi querido compañero de fatigas, ya ha desistido de disfrutar de nuestro ratito de intimidad y se está vistiendo, al tiempo que dice:

—Ya sí que sí. Me llevo la perra a la calle. —Y pronunciar esta última palabra es la única forma de hacer bajar a Lía de la cama. Entonces las otras dos, prosiguen con su propósito inicial de recopilar todas las mantas de la casa. Se van con un par y al fin, me gano unos instantes de soledad para reflexionar sobre los años que me han caído encima. Y pienso que, según las estadísticas de esperanza de vida actuales, debo estar justo en el ecuador de mi existencia. Pero no profundizo demasiado en el tema. Si algo he aprendido en estos años es a ser algo más práctica. No mucho, pero algo. Hago balance rápido y concluyo que el resultado es razonablemente bueno. Así que abro la ventana para que entre el aire pensando en la canción de José Mercé:  “aire, pasa, que tenga la puerta abierta la alegría pa la casa “. Recojo la cama y me pongo las zapatillas.

Según me voy acercando al salón, la pequeña me corta el paso y me entrega un rectángulo de papel recortado de forma desigual. “Entrada VIP para el Spa”, leo.  Y debajo el nombre del titular de la invitación: “Mamá”. La mayor, detrás, no puede dejar de soltar risillas y las dos no paran de dar saltitos nerviosos. La puerta del salón, cerrada. Madre mía, ¿que estarán haciendo?, pienso.

—¡Hala, qué chulo! —exagero el gesto y agrando al máximo la sonrisa de fingida sorpresa—. ¡Una invitación personal para mí!

—Ven, ven, mamá. —Las dos me arrastran impacientes—. Cierra los ojos. —Yo obedezco pero no puedo evitar pensar en qué es lo que me voy  a encontrar; que estoy cansada y sólo hace media hora que me acabo de levantar; y que no tengo ganas de ponerme a recoger el desaguisado que me habrán preparado. Intento acallar al máximo a mi yo mamá-ogro susurrándome: “Dichosas niñas, ¿por qué no se estarán quietas un día? ¿Por qué no dejan nunca de revolverlo todo? Me siento siempre como Sísifo: cuando estoy a punto de terminar de recoger por un lado,  ya está todo otra vez igual”. En fin, que respiro hondo, cierro los ojos y me dispongo a interpretar el papel de mamá juguetona y jovial y alegre. Y los abro, y resulta que no. Que no voy a interpretar nada porque no me hace falta.

Entre asombrada y complacida, contemplo cómo en mitad del salón han puesto varias sillas formando un círculo. Con las mantas, según me explican orgullosas,  me han hecho una tienda de campaña especial. ¿Así que para esto eran las mantas? Mis pequeñas ingenieras me cuentan que una de ellas hace de techo, convenientemente sujeta por unas cuantas pinzas a los respaldos de las sillas para que no se caiga. Y la otra sirve de alfombra mullidita.  Dentro de la tienda me esperan los peluches favoritos de las dos para que me hagan compañía y me relaje con ellos. Por supuesto, me agacho y pruebo a meterme en el hueco de medio metro cuadrado. Comodísimo, relajadísimo, les aseguro sin perder la sonrisa ni la compostura. La pequeña, impaciente por naturaleza, me dice:

—Venga mamá, que hay que seguir con el circuito. —Salgo como puedo de mi cueva, mientras unas cuantas pinzas saltan y me caen sobre la cabeza—. Toma, mamá. —Y me da una nueva invitación, primorosamente decorada donde pone: “Vale por un masaje relajante”.

—Espera, espera —me dice la mayor, detallista como nadie. La observo bajar las persianas y dejar todo en penumbra excepto por una lámpara a la que baja la intensidad al mínimo—. Así es más relajante —asegura.

Y las dos me hacen tumbarme sobre tres sillas colocadas en fila sobre las que han extendido más mantas dobladas para que hagan bien de camilla para el masaje. Me tumbo gustosa, con los pies colgando, y me dejo hacer. De repente, oigo una música chillout con toques orientales. Levanto la cabeza y veo mi móvil sobre la mesa. ¡Si hasta han buscado música en Internet para ambientar! Mi charco de baba aumenta de manera exponencial. Y ya no digo más, cuando la pequeña coge la tapa de cristal de una bombonera que alguien me regaló en la boda y que a fuerza de ser fea, le tengo cierto cariño, y con un palito le va dando toques para conseguir un sonido igualito, igualito que el de un cuenco tibetano. Mientras, la mayor me da un masaje en la espalda que me resucita. Y a pesar de que los nudos de mis contracturas requieren la fuerza de un estibador para deshacerlos, la suavidad de esas manitas aún infantiles me derriten a mí por dentro. A mí y a mi yo mamá-ogro estresada a la que se le olvida a menudo que la vida son estos dulces  momentos felices. Así que me abandono y,  sorprendentemente, me relajo. Y continuo relajada cuando poco después, su padre y yo barremos con cuidado los cristales de mi improvisado cuenco tibetano al tiempo que les pido con calma y sin levantar un ápice la voz:

—Por favor, niñas, no entréis descalzas, que os podéis cortar.

 

 

Mi Leica mágica

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(Relato galardonado con el premio “Tintero de Oro” del mes de diciembre de 2017 en el concurso del mismo nombre organizado por David Rubio desde su blog “Relatos en su tinta”)

Me bajé del taxi y ya llevaba unos metros andados cuando el taxista me abordó  por detrás y me entregó una cámara de fotos. —Tenga usted, que se le olvidaba—. Perpleja, no tuve tiempo de decirle que no era mía y cuando quise articular palabra el hombre ya estaba arrancando el coche.

Era una Leica bastante antigua, incluso para la época. Eso sí, hacía unas fotos buenísimas. Excepto por un pequeño detalle. Aquella maldita cámara cambiaba el fondo de algunas fotos. La primera vez fue una foto de Lucas delante de la fachada del British Museum en el viaje a Londres que hicimos al poco de conocernos en el 95. Cuando fuimos a revelar el carrete, el fondo que salía era el de las Pirámides de Gizeh. Dimos por hecho que fue un fotomontaje del de la tienda de revelado. Para hacer una gracia, pensamos. “Será imbécil, el tío. ¿No tendrá otra cosa que hacer?” Y lo dejamos correr.

El caso es que siguió ocurriendo de cuando en cuando, aun llevando los carretes a revelar a tiendas distintas. La verdad es que daba un poco de mal rollo la cámara. Pero hacía unas fotos tan buenas y a veces nos ponía en unos entornos tan maravillosos, que se convirtió en un aliciente más para viajar. No podíamos salir sin nuestra Leica mágica. Así, nos descubrimos viajando al Machu Picchu cuando en realidad estábamos retratándonos en Aranjuez. O subidos a la Torre de Pisa mientras en la vida real estábamos en el Acueducto de Segovia. Lo curioso es que solo ocurría cuando el fotógrafo era Lucas mientras yo posaba. O al revés. Nunca si quien apretaba el disparador o quien posaba era otra persona que no fuéramos nosotros.

Al final, Lucas empezó a cansarse de la puñetera cámara con vida propia que decidía por sí misma el mejor escenario para cada foto. Y es que, poco a poco, dejó de ponernos decorados de lugares exóticos y empezó a colocarnos en sitios anodinos y algunos decididamente feos.

Por más que te esforzaras en sonreír delante del Puente de Carlos en Praga, un día soleado de primavera —cariño, tírame un beso, anda. No te enfades, que vas a salir enfurruñado— la Leica se empeñaba en colocarte en una calle gris y lluviosa de cualquier sitio. Recuerdo que un día me esforcé como nunca en arreglarme. Había decidido dejar los antidepresivos y la terapia y pasar de una vez por todas del tema de los críos. Me puse una minifalda, unos tacones y una blusa y me pinté para comerme el mundo. Así, con la Playa de la Concha a mis espaldas le dije a Lucas: hazme una foto, mi amor. Y la puta cámara decidió ponerme en la puerta de una guardería rodeada de niños.

Me di cuenta de que a él ya no le colocaba casi nunca en el Caribe, acompañado de palmeras, aguas turquesas y guacamayos de colores, como hacía al principio. Nunca en  París, en el puente de Alejandro un día resplandeciente. O frente a la Casa de Julieta en Verona. Los escenarios sombríos, lúgubres empezaron a repetirse de manera alarmante coincidiendo con su carácter cada vez más agrio. Y a mí me pasaba lo mismo. Cuanto más me esforzaba en olvidarme de mis obsesiones, más se empeñaba en recordármelas en fotos desgarradoramente tristes.

Dejamos de usar la cámara hace tres años. Además, ya casi no encontrábamos sitios para revelar carretes. Pero el mes pasado tuvimos una cena especial con amigos y algo me hizo volver a usarla, a pesar de las reticencias de Lucas. Ayer, por fin, recogí las fotos reveladas. Todo bien, hasta que llegué a la foto de Lucas con sus amigos brindando por el año nuevo. Mi Leica mágica me reveló lo que sospechaba: borró a los amigos y le puso abrazado a una tía más guapa, más joven y con el vientre visiblemente hinchado. He de decir que no me sorprendió demasiado. Y que tampoco lo hizo el hecho de que a mí la Leica me colocara en mitad de una calle congelada de Oymyakon, el pueblo más frío del mundo.

 

Contribución para Los Viernes Creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/12/15/viernes-creativo-escribe-una-historia-217/

 

 

 

Influjo

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De un certero bocado le arrebató el pincel a la maquilladora. Ante la mirada atónita de la mujer, se levantó de la silla y se rasgó por completo el vestido hasta quedarse desnuda. Salió del camerino, irrumpió en el plató y se puso en cuclillas a aullar a un foco. Cuando el ayudante de cámara quiso acercarse para tranquilizarla, ella le abrazó y, arrastrándole, saltó por la ventana del estudio. Fuimos corriendo a asomarnos, pero ya no estaban. Eso sí, en el cielo brillaba una enorme luna llena.

Taxi a ninguna parte

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Fotografía de Ryan Weidman

Marta es un poco excéntrica. Algunos dirían rara. Otros, que es muy especialita. Su madre nos diría que siempre fue una niña muy sensible. Para bien y para mal. En las reuniones familiares, cuando se llega a las anécdotas,  siempre se recuerda entre risas y agitando cabezas que, ya siendo un bebé, berreaba como una posesa como a su madre se le hubiera olvidado recortar la etiqueta de la ropa. El simple roce sobre su piel la ponía frenética. Hija, pareces la princesa del guisante, creció oyendo de labios de todos. Los jerseys le picaban y no los aguantaba un segundo. Tenía una piel tan sensible que detectaba la mas mínima oscilación térmica en cuestión de segundos. Podía pasar de estar bien a ponerse a tiritar si alguien abría la puerta. En verano, lo mismo pero al revés. Un nanosegundo más de la cuenta expuesta al sol de agosto, enrojecía su piel irremediablemente.

Pero Marta, con sus sensibilidades y todo, tuvo que crecer y ponerse a trabajar como cualquiera. Y como en la capital de provincia donde vivía no había mucho que rascar, no le quedó más remedio que venirse a Madrid. Y aquí la tenemos, sufriendo lo indecible subida a un tren cada mañana para llegar a la oficina. Hoy ya ha dejado pasar dos, porque su asiento estaba ocupado y había más gente de la cuenta en el vagón. Al tercero, el reloj ha decidido por ella. Ya llegaba media hora tarde. Así que ha respirado todo lo hondo que sus pulmones la han dejado y con el corazón a mil por hora se ha metido en el vagón abarrotado de cuerpos ya sudorosos a esas horas de la mañana. Ha tenido que sortear a un borracho que no tenía otro momento para desplomarse; aguantar el codo de  una señora clavado en sus costillas y la axila (afortunadamente bañada en desodorante) de un tipo trajeado pegada a su cara.

Marta busca su hueco, emparedada entre cuerpos que maltratan su delicada piel, encuentra una bolsa de aire y cierra los ojos rezando a todo el santoral para no marearse porque teme, ya no por sus sentidos, sino por su propia vida. Como digo, reza y cierra los ojos mientras el tren se mueve haciendo que la distancia entre ella y los otros se reduzca aún más si cabe. Cierra los ojos y sueña. Sueña con su Galicia, su mar, sus calles mojadas de lluvia impenitente. De lluvia que lava todo: el sudor, el olor, el tacto. Y sueña que se baja de este tren infecto. Alguien protesta porque Marta se ha parado y no avanza hacia adentro para que puedan entrar nuevos cuerpos. “Si no te gusta, cógete un taxi guapa”, oye decir. Y tanto que lo cogería. Es más, lo va a hacer ahora mismo. Así que sin dudarlo se  desintegra y se materializa dentro de un taxi. Uno de esos amarillos que salen en las películas yankis. Se repantinga y le dice al taxista que la lleve al mar. Ya sabe usted, a la cala donde solía hacer castillos de arena con mi prima Angelita. Y cuando están a punto de llegar, alguien le golpea la cara sin miramientos. Ha dejado la marca de sus dedos en su piel. Cuando abre los ojos sigue sentada aunque ya no está en el taxi. ¡Qué mierda! Pero mira a su alrededor y ha conseguido un enorme hueco en el vagón.

 

Colaboración para Los Viernes Creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/12/01/viernes-creativo-escribe-una-historia-214/

y para el blog colaborativo Nosotras escribimos

 

La maldición del Fénix

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Imagen tomada de Internet

 

Vuelve a pedirme que le empuje al precipicio. Sabe tan bien como yo, que será en vano, porque cuando llegue abajo, permanecerá inmóvil un rato. Luego, cuando se canse de esperar y se dé cuenta de que no ha servido de nada, se levantará. Al terminar de sacudirse el polvo ya se habrá olvidado de todo. Subirá por la ladera sonriendo, como nuevo, disfrutando del sol y la brisa, y al llegar a la cima, su cara ya estará llena de lágrimas y el cielo ennegrecido. Ya sabré lo que va a pedirme y él ya sabrá que, pese a todo, no puedo negarme.

El preguntón

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Fotografía de Johan Deckmann

Hay preguntas que no tienen respuesta. Y si la tienen es mejor no saberla. Y si no que se lo digan a Sebastián Ayamonte, más conocido como Sebas, entre sus amigos. O el Preguntón, entre los colegas del periódico.

Sebas no era mala persona. Tampoco un ángel. Te daba los buenos días si te cruzabas con él en el pasillo, te sujetaba la puerta del ascensor; y cuando podía husmeaba por encima de tu hombro intentando ver los mensajes de tu bandeja de entrada.  En la cafetería a veces se pagaba algo y a veces ponía verde al compañero de turno. Vamos, un currito estándar. Pasaba desapercibido la mayor parte del tiempo, incluso más de la cuenta. Sin muchas aspiraciones ni metas ambiciosas; sin oportunidades también.

Se le convocaba  a las reuniones para hacer bulto más que nada, y porque en la lotería de los puestos vacantes le tocó uno de jefe de sección de noticias locales (ese día no había nadie más para cubrir la plaza, y mira que se buscó). Sebas entraba en el despacho del redactor jefe, se sentaba donde podía, que solía ser detrás de alguien y aguardaba su turno para hacer alguna pregunta remotamente relacionada con lo que se estaba discutiendo. Porque a pesar de tener muy claro que había tocado techo profesional había algo en él que le movía a querer destacar. Como en el colegio cuando los niños levantan la mano para que la maestra sepa lo bien que atienden en clase.  Normalmente se le hacía el vacío muy diplomáticamente o se le contestaba del estilo “que sí, que te dediques a indagar sobre el nuevo sistema de recogida de basura que ha puesto el ayuntamiento, que es muy interesante. Eso, eso, y muy ecológico también”. Y con un visto muy sucinto pasaban a lo verdaderamente importante. Marga, la de Política solía darle un codazo a Jaime, de Sucesos, y con la mirada se decían “ya está el preguntitas”. El jefe soltaba un soplido impaciente y seguían discutiendo sobre la enésima trama de corrupción del momento y la mejor forma de maquear la información. Porque no era cuestión de echarse encima al jefazo gordo y a la plana mayor de buitres, que mucho periodismo independiente pero ojito con lo que se publicaba.

Por norma general, llegados a este punto Sebas y los que no estaban al tanto solían dejar la sala con discreción. Pero aquel día se sentía inspirado y por no se sabe qué motivo -que él alegaba para sí que tenía algo que ver con su integridad moral o alguna gaita por el estilo- volvió al término de la reunión. A solas con su jefe hizo su última pregunta. Confiado en que sería su pasaporte al estrellato del periodismo de investigación -destapar una trama interna, ahí es nada- disparó su cartucho. ¿Por qué la jefa de Política se escribía asiduamente con el principal sospechoso de la red de blanqueo de capitales que estaban siguiendo? Efectivamente,  pulsó la tecla correcta. El jefe se levantó, se asomó a la puerta y, después de cruzar una mirada con Marga, la cerró lentamente. Toma asiento, Sebastián, no te quedes ahí de pie, hombre. Y ese día salió de la redacción más feliz que nunca. Lástima que ya nunca volviera a entrar. Y es que además de preguntón, Sebas era muy dejado para llevar el coche al taller. Ya es mala suerte que justo esa noche se le bloquearan los frenos bajando por la recta del Escorial. Pero mira tú qué cosas, que el ramo más grande de todo el tanatorio fue el de Marga.

® Sara Nieto

 

 

Soplar vilanos

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Fotografía de Michael Pederson

Es importante resistir la tentación de ir por ahí pidiendo deseos de venganza, no vaya a ser que se te concedan. Te podrías encontrar soplando todos los vilanos del parque cada mañana como una loca. El lunes: por favor, que a mi jefe le atropelle un coche. El martes: pero  que salga del coma. El miércoles: que no se quede tonto, que gilipollas ya es. Así hasta que no quedaran. Créeme, si vas a desear males a alguien no puedes tener conciencia. Así que deja a tu novio antes de que te veas buscando tréboles de cuatro hojas, que de esos hay menos.

Contribución para Los Viernes Creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/10/13/viernes-creativo-escribe-una-historia-208/

 

 

 

 

Contra el reloj

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Llegaba tarde a todas partes. De las comidas, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales. Y lo que más le fastidiaba era perderse el momento de soplar las velas.  Por eso, para aquella ocasión se compró el reloj más grande y más preciso que encontró en la tienda. Se engalanó con un ojo puesto en el espejo y otro en la brillante esfera. Bien,  las agujas se movían a buen ritmo y él también.  Tic, una manga; tac, otra manga. Tic, un botón; tac, otro botón. Tic, se atusa el pelo; tac, un último vistazo. Tic, abre la puerta; tac, echa a andar. Tic, la aguja se adelanta; tac, vamos, un poco más deprisa, esta vez no me vas a ganar.  Tic, ya casi llega; tac, ahí está la entrada. Tic, ¿pero qué hace esa niña rubia ahí? Tac, ¡ay no! ¡Ya son más de las tres! La niña parlotea, le distrae. Que se llama Alicia. ¿Y a él qué le cuenta? Mira su reloj, la mira a ella y de nuevo al reloj que ya ha vuelto a ganarle la carrera. Suspira y se promete que esta vez va a ser él mismo el que pida a la Reina de Corazones que le corten la cabeza a esa inoportuna.

® Sara Nieto