De luces y sombras

“He visto cosas que vosotros jamás creeríais”

Pues sí, con este lema participé en el VI Certamen Literario Sierra de Francia, en la categoría poesía. Decir que me hace ilusión recibir este diploma, y de esta tierra, es poco.

Comparto mi poemita.

Así como los colores no existen

dentro la caja oscura

más que cuando por la breve rendija

se cuela un rayo de luz,

para el abuelo Ezequiel

dejó de existir hace mucho

el calor de su tierra.

Ya no huele la jara, ni canta el ruiseñor.

El autillo no ulula

meciéndole en el silencio

de la sierra que lo amó.

Pero a ratos se le abren las entrañas

y penetra en sus tinieblas la montaña.

Su montaña.

Su guía y su refugio

de aguaceros y solanas.

Allí vuelve por un instante

a solazarse bajo los carballos

entre las faldas de una muchacha.

Y al recordar

su risa de arroyo en primavera

una lágrima rueda

por su mejilla enjuta.

Y se le cierra de súbito la rendija.

Vuelve el abuelo

a lo negro, a lo frío y a lo desconocido

de la cama de hospital,

de un virus impronunciable

que corrompe su bella sangre.

Pero aún le queda un último

nervio vivo para arrancarse

esos cables que le atan, que le amarran

y separan de sus añoranzas.

Y así como no existe la muerte

más que cuando penetra la vida

por la brecha del recuerdo,

Ezequiel se aferra a ella,

a su Sierra de Francia.

Y con ella en las pupilas

cierra los ojos por última vez.

Incomunicados

El primer síntoma fueron los mensajes de texto. Los «te quieros» se demoraban un día entero. Luego vinieron las redes sociales, los canales de internet. A todos se apuntaron, pero algo seguía fallando. Se perdían la pista, raras veces se cruzaban sus perfiles en el ciberespacio. Y cuando lo hacían era eso: de perfil. Cosas del algoritmo, pensaron.

De vez en cuando continuaban haciendo llamadas, pero a menudo no había línea o estaba comunicando. Cambiaron de compañía tres veces. Imposible. Las conversaciones se cortaban en el momento decisivo y cuando volvían a ellas ya habían perdido toda la chispa.

Lo cierto es que el destino no se puede esquivar ni con móviles de última generación.

Hoy se dan ya por vencidos y apenas se comunican una vez al día, a la hora de acostarse. Se dan las buenas noches y cada uno coge su móvil para ver historias ajenas en el Twitter o en el Facebook.

Y sin embargo la magia, incluida la de la tecnología, aún existe. En este instante los aparatos suenan al mismo tiempo con un pitido poco habitual que demanda atención inmediata. Acaban de recibir ambos un SMS de hace diez años:  Feliz aniversario, mi amor. Siempre juntos.

Pero el dolor

No hay nada tan dulce y a la vez tan doloroso como un punto final. Una despedida. Un se acabó, ya no hay más.

Adiós. Tal vez hasta siempre. Lo decimos con los labios. Lo pronunciamos con las manos, cerrando los puños, golpeándonos el pecho para obligarnos a continuar.

El corazón sangra un instante. Una sangre melosa y espesa que nos llena el alma de nostalgia por los momentos que ya no se vivirán.

Dos segundos tan solo.

Pero dos segundos intensos como un oceáno de lágrimas contenidas.

Luego cesa.

De repente cesa.

Y el dolor se empequeñece.

Y lo vemos alejarse en oleadas lentas que escuecen en la piel.

Adiós a ese amor que nos llenó la vida durante un instante eterno, que nos invadió la respiración, el sueño, el todo.

Ahora ya no es nada.

Pero la nada hace daño cuando deshace los recuerdos en nuestra mente.

Y mientras, la respiración vuelve a ser clara y limpia. La vida vuelve a ser cotidiana y el sueño pesado. Los días ordenados.

La libertad es fresca, ligera como una brisa.

Pero el dolor. Aquel dolor que se añora…

Mudanzas

Golondrina Volando, Golondrina En Vuelo

Ese no es nuestro estilo de familia, pienso mientras miro a los nuevos vecinos. Descargan muebles modernos, electrodomésticos último modelo, ordenadores y pantallas de televisión gigantes. Tiemblo cuando comienzan a comentar lo sucio y viejo que está todo. Hablan de reformas y miran hacia el tejado con cara de asco. Echo de menos a los nuestros, a los de siempre. A ellos, de pasos lentos y silenciosos nunca les molestamos. Nos apreciábamos mutuamente.
Extiendo mis alas dentro del nido, el hogar que tanto nos costó construir. Intento proteger a mis hijos aún por nacer, tan frágiles. Pero ya es tarde: el más pequeño de los nuevos habitantes nos ha visto y acaba de coger una piedra.





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