Tarde

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada estaban abarrotados de recuerdos infantiles: las risas, las cosquillas, los abrazos maternales.  La nostalgia.  Abrí el armario de mi habitación, huérfano ya de ropa. De las telarañas colgaban aún los reproches adolescentes, los insultos, el resentimiento.  La huida. Y en un bolsillo de tu bata, junto a una foto desvaída y el pañuelo que bordé en la escuela,  encontré todos los te quieros que durante treinta años nunca te dije.

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Una vida de ensueño

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Se quedaban discutiendo dónde pondrían el sofá cuando desperté la última noche que pude soñarlos bien.  Tras meses de amor apasionado, se habían decidido a vivir juntos. Esa fantasía, orquestada por mi mente, era lo único que animaba mis noches. Pero entonces se volvieron esquivos. Una noche me pareció intuirlos paseando con dos niños de la mano. Asquerosamente felices. Y la última vez  juraría que solo le vi a él, con los labios puestos  en una rubia que no era mi personaje. La intriga me puede. Así que he decidido tomarme unas cuantas pastillas para asegurarme de que esta noche la función llega hasta el final.

Abandonada

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Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada lanzan miradas acusadoras a cualquiera que se atreva a penetrar. Como si no quisiera que nadie contemplase su desnudez, sus fantasmas revelados, sin sitio ya para esconderse.