Las vidas secretas de los paraguas

umbrella-3187146_960_720 

Se le acumulaban los paraguas en el armario. Cada noche lluviosa, al terminar la jornada, salía de la cabina del conductor y revisaba los vagones vacíos del tren para rescatar  paraguas. Paraguas perdidos, tal vez añorados apenas durante unos minutos al notar su falta bajo el aguacero. Paraguas rotos, sucios: víctimas de un vendaval intempestivo. Abandonados después de una vida abnegada de humilde instrumento protector. Paraguas de todos los colores y tamaños. Había paraguas de hombres de negocios, o de funeral, según el caso: negros, serios, adustos, con mango de madera barnizada. Los había chiquitos, plegados hasta casi desaparecer: paradigma de la discreción, y también de la eficacia, desplegando con solo un clic todo su buen hacer. Paraguas coquetos, de colores rosados, con flores, de los que salen alegres a pasear bajo una tormenta de primavera en Sevilla. Los había también elegantes y sencillos, de líneas rectas, ideales para ir una tarde de domingo al cine o para apresurarse un martes por la mañana para llegar cuanto antes al trabajo. Pero todos huérfanos. Y cada vez que cogía uno le inventaba una vida pasada. Se imaginaba las manos que lo habían sostenido. Los abría y acariciaba el mango mientras cerraba los ojos hasta casi sentir la sombra de la persona a la que una vez había cobijado. Tenía la secreta esperanza de que alguna vez daría con el paraguas que le protegiera de los días grises y de los recuerdos que le llovían por dentro. Y acaso su antiguo propietario volvería a rescatarlo para llevárselo consigo. Junto con el paraguas.

© Sara Nieto

Microrrelato tuneado presentado en la VIII Microquedada relatista celebrada en Sevilla en mayo de 2018

La revolución de los números primos

th

«…y descomponemos en factores primos para hallar el mínimo común múltiplo. Luego, el resultado lo colocamos en el denominador y con este número hallamos los numeradores de las fracciones equivalentes a las originales para poder sumarlas. Porque si las dejamos como estaban no se puede ya que las fracciones con distintos denominadores no se pueden mezclar…» Ya está bien. Uve no puede más. Monta en una de esas rayas que parten las fracciones, cabalga sobre ella a modo de alfombra mágica y se pone al frente de un ejército de familias de números: primos, hermanos, padres, madres, abuelos y tíos. «Vamos», los jalea, «luchemos contra la opresión de las cuadrículas del cuaderno». Uve no acepta esa ley tiránica que prohíbe mezclarse a las fracciones y concebir nuevos números. Números de color rojo, azul, amarillo, que toman la posición que les da la gana, a la izquierda o a la derecha de la coma, da igual. Arriba o abajo de esos pisos que marcan las rayas. Ella los va a liberar. Saca de su púlpito a esos fanáticos llamados divisores. No más divisiones, no más particiones. Deja esos puestos de mando vacíos, sin obsesos del orden que dictan donde deben colocarse los demás. Recoge a esos números chiquitos, casi transparentes que viven ocultos, temerosos, en las sumas y las restas y los esconde en un lugar seguro, donde les garantiza que nadie nunca se los volverá a llevar. Rompe cubos, cuadrados y triángulos y da forma a un mundo nuevo lleno de un caos delicioso de líneas curvas donde los números viven a su libre albedrío y se reproducen como les da la gana. Donde ninguno vale más que los demás. Lástima que su mundo nunca salga de su cabeza y termine cada vez que el profesor la saca a la pizarra.