Cambio de planes

Mi madre está de pie, en la puerta del salón. La veo desde el sofá gesticular con esa cara que pone cuando va a soltar un discurso. Habla pero no la escucho. Me da pereza.

—Vaaale, ya me quito los cascos. Pesada.

—Y…

—Que sí, que sí. Que ya me levanto. Ya me lo sé: postura de escuchar. Total para qué—rezongo.

—Chicos, ya sabéis que este año todo es raro…

—Ya. Al grano.

—Que os olvidéis del viaje por Europa.

—¿¿¿Por???? —dice mi hermana abriendo mucho los ojos, con un gesto que va cambiando en segundos desde la ñoñería habitual a la ira descontrolada, también habitual.

—¡Joooo! ¡¡¡Me lo habíais prometido!!!

—Ya, pero…

—¿Y dónde vamos entonces? —la interrumpe con los brazos cruzados y cara de asco infinito.

—Al Bierzo. He encontrado una casita que…

—¡Pues vaya mierda! ¿Y eso qué coño es?

—¡Esa boca, niña! Y daos con un canto en los dientes porque…—luego ya sigue con la copla—. Yo también estoy hasta las narices del teletrabajo, el telecolegio, el teleinstituto y la telepuñetera mierda esta de la mascarilla.

Y claro, al final culmina con lo de:

—Cuando yo era pequeña…

—No seas boomer, anda —me veo obligado a intervenir.

—Mira, Paco, yo estoy hasta el moño.  Di tu algo. Que El Bierzo es una mierda dicen.

—No pasa nada, Yoli. Si no vamos a ir. Me acaban de echar.

Y ahora es mi madre la que empieza a poner una cara rarísima entre la rabia, la sorpresa y el llanto. Al final hace como si no le importase y, como siempre, ella dice la última palabra para quedarse por encima.

—Pues hala, como en casa en ningún sitio.

—¿Y lo del Bierzo? —va y pregunta la tonta de mi hermana, que no se entera de nada.

—¡¡¡Que te calles, niña!!! —contestamos los tres.

*Nota de la autora para los bercianos que se puedan sentir agraviados: El Bierzo le parece una tierra maravillosa. No se hace cargo de las opiniones de ciertos miembros de esta familia de personajes, que además no están muy informados.

#microrrelatos

Yo quiero quedarme

No quiero volver a la ciudad.

Pertenezco al aire,

a los prados

y a los montes.

No quiero volver

al gris del cemento.

No quiero esa palabra contenida en un cementerio.

No quiero dejar

que se me despinte

el verde de la mirada.

Necesito para respirar

estas nubes,

este cielo,

estas cumbres,

este aire.

No quiero que los pájaros dejen de susurrarme,

ni que las abejas dejen de zumbar en mi oído.

Sólo quiero yo ese zumbido.

Ningún otro.

No quiero volver

a ese agujero

que se traga todos los sueños,

que aplasta las flores,

las hojas y los árboles.

Que nunca perdona,

que solo fabrica miserables.

No.

Yo quiero quedarme.

 

Niña de verano

Sales de la piscina, caminas desgarbada con los hombros cargados hacia adelante para ocultar la turgencia suave de tu pecho. Tienes el pelo chorreando y disfrutas torturándome escurriéndolo sobre mi espalda. Aún estás enfadada y es tu forma de vengarte. Te tumbas lejos de mí y te colocas los auriculares. De repente, te incorporas y me preguntas con la voz tildada de rencor cuál fue el mejor verano de mi vida. Sé que no es más que el primer disparo de una andanada de reproches. Así que callo con la esperanza de que desistas. Pero has traído a mi memoria aquel verano en que tenía casi tu edad.

Recuerdo que aprendí a bailar rumbas agarradas con mis amigas en las fiestas del pueblo y también a beber calimocho tras la tapia del cementerio. Allí probé los besos torpes y babosos del chico más guapo del grupo y sentí por primera vez unas manos ajenas bucear en mi entrepierna.

El segundo mejor verano de mi vida vino unos años después. Me recorrí Europa en tren con la mochila a cuestas y un par de compañeras de universidad. Vivíamos con descaro y chapurreábamos inglés, francés y hasta alemán sin miedo ni vergüenza. Mientras, fumábamos maría, bebíamos absenta y filosofábamos emulando a Nietzsche sintiéndonos la crème de la intelectualidad y el centro de atención de incontables amantes efímeros.

El tercer mejor verano de mi vida viajé a Londres para perfeccionar mi inglés mientras trabajaba en un McDonalds. No aprendí una mierda porque casi todos mis compañeros eran españoles o italianos. Y lo que aprendí nunca me sirvió para trabajar en una oficina ni en nada muy fino. Pero paseaba cada día por el Hyde Park, frecuentaba todos los antros de Camden Town y me sentía la dueña absoluta de mi propia existencia.

El cuarto mejor verano de mi vida me quedé en Barcelona. Fui al aeropuerto a despedir a la amiga con la que iba a ir a Dublín. Las dudas me asaltaron hasta el último minuto. Pero aquel chico que había conocido tan solo hacía tres meses me escribió un ñoño mensaje tan romántico que hizo secar mis lágrimas mientras veía como despegaba el avión. Ese fue el verano del amor, del sexo y sobre todo, del sexo con amor.

Y sin embargo ninguno superó al verano aquel, hace doce años, en el que una noche de insomnio, caminando por el paseo marítimo sentí que me desgarraban por dentro como si el mundo se me hubiera metido en el vientre y quisiera estallar en un nuevo big bang. Fue un 6 de agosto y la luna estaba radiante. No lo esperaba, aún quedaban quince días para la fecha marcada. Había elegido pasarlos sola en un apartamento de la Barceloneta mirando al mar. Necesitaba pensar qué iba a ser de mi vida, qué iba a hacer contigo. Pero no me dio tiempo. Te anticipaste y solo recuerdo que me abrí para traerte al mundo envuelta en sangre, miedo y dolor. Y que cuando te vi tuve la certeza de que había llegado a mi destino. Que todo lo acontecido hasta entonces no tenía importancia. Luego, como si se tratara de un sortilegio te prendiste de mi pecho y el encantamiento quedó sellado. Supe que ese sería realmente el verano de mi vida. Para siempre.

Pero por supuesto, todo esto no te lo voy a contar ahora. Aún no lo comprenderías. Y te quiero demasiado para estropearte la sorpresa.

#elveranodemivida

Mariposa de chicle

Dibujo de Xelo Camps http://www.drawfolio.com/es/portfolios/xelo-camps/picture/144887

El Gran Circo Ambulante René, pese a su exótico nombre, llegó al pueblo en una pequeña roulotte y sin fanfarrias. Ese año Naranjito y el mundial copaban los universos infantiles. Pero yo, de aquel verano, lo que más recuerdo son las funciones del Circo René. Una tarde, el pregonero salió con su trompetilla y, acallando a las chicharras, voceó la noticia.
Ansiosos de ver el espectáculo, que suponíamos venido del París más glamuroso, nos plantamos en la plaza todos los muchachos cuando todavía el sol de julio azotaba sin piedad. Pero no había allí elefantes, monos o animal alguno, exceptuando las cigüeñas que, como de costumbre, sobrevolaban el campanario. En su lugar había una caravana con el nombre del circo pintado a mano y delante de la misma, una enorme lona roja circular. Rodeándolo todo habían colocado los remolques, como cuando soltaban las vaquillas en las fiestas. Sentado frente a una mesa estaba un hombrecillo regordete y sudoroso ataviado con una chistera ajada que tenía pinta de todo menos de francés. Toqueteaba nervioso una caja de cartón donde recogía las monedas de las entradas.

Desde esa noche, y durante una semana, no nos perdimos una función. Pronto aprendimos que del nombre solo era cierto lo de ambulante. Grande no era porque lo formaba una sola familia: el matrimonio de Remedios Solís y Néstor Cercas —de ahí lo de René, nada que ver con Francia, aunque daba el pego— y sus tres hijos. De circo tenía lo justo: los dos chicos, algo mayores que yo, que eran malabaristas; la hija, que hacía números variados; Néstor, que sabía algunos trucos de cartas y Remedios, que se encargaba del proyector de cine.


Cada día, al caer la tarde se esforzaban en preparar un espectáculo medio digno. Néstor salía con una chaquetilla raída y presentaba la función. Solían seguirle los chicos con los malabares, el propio Néstor con su magia ramplona y, finalmente, la hija, que rondaba los quince y era lo más interesante. Vestía un maillot rosa y un tutú blanco. El pelo negro recogido en un moño. Era alta y delgada como un junco y sabía moverse con elegancia. Comenzaba haciendo algunos pasos de ballet lo suficientemente vistosos para dejar al publico inexperto admirado. A mis ojos de niña de apenas diez años era como ver una grácil mariposa agitando sus alas suaves entre un campo de cardos. Después se quitaba la falda, se acercaba al centro de la pista improvisada y se subía a una plataforma. Se ponía muy tiesa, estiraba los brazos hacia arriba y arqueaba su columna hacia atrás doblándose por completo. La primera vez que lo hizo hubo varios gritos desde los remolques: «¡Cristo Bendito!», “¡Que se descuajaringa!” Yo estaba obnubilada mirando cómo esa mariposa de puro chicle doblaba las rodillas y se agachaba aún más dejándose caer sobre el pecho, de tal forma que hacía pasar la cabeza entre sus brazos para encontrarse mirando a sus pies. Desde esa postura observaba al público, saludaba y sonreía. Luego seguía haciendo contorsiones ante los hipidos espantados de las viejas y finalmente volvía a la postura inicial, enroscada sobre su pecho. Entonces Remedios le acercaba un platito con cerezas. Solían estar colocadas las parejas de frutos con sus rabitos ahorquillados hacia arriba. Así, la hermosa contorsionista, en una postura inverosímil, podía cogerlas entre los dedos de sus pies. Jugueteaba con ellas poniéndoselas detrás de las orejas como si fueran pendientes e incluso las llevaba a la boca para comérselas.


Averigué que se llamaba Lucía. Al acostarme recordaba sus pasos de baile sobre la tela roja, sus piruetas y su cuerpo elástico como un chicle Boomer de los que anunciaban en la televisión. La admiraba, me parecía hermosa, me parecía sublime. Quería ser como ella, no imaginaba un oficio mejor que el suyo, ni una sonrisa más bella.


La última función consistió en la proyección de una película de Manolo Escobar en la que hacía de cicerone para una guiri paseando por Granada mientras intentaba ligársela. Me la pasé deseando que después hubiera número de contorsionismo, pero en el descanso vi a Lucía acercarse a su madre y oí como Remedios decía que en cuanto acabase se marchaban al siguiente pueblo. Se me partió el corazón y no me enteré del resto de la historia de Manolo y la guiri. Mi pecho retumbaba tan fuerte que pensé que los de al lado iban a oírlo así que me escabullí antes de que terminara la cinta.

Anduve deambulando hasta encontrarme delante de la caravana de los René, que ese día estaba aparcada en una cerca para hacer sitio en la plaza a la sesión de cine. De repente, me pareció la excusa perfecta pedirle un autógrafo a Lucía para ver por última vez a mi mariposa de chicle. Sin embargo, antes de llamar vi por la ventana un trozo de piel desnuda. Se me cortó la respiración y me agaché. Pasados unos segundos decidí echar un vistazo. En efecto, era la espalda lisa y suave de la contorsionista. Quizas se esté probando el maillot, me dije. Pero entonces una mano grande y peluda, más bien una garra, asió esa cintura inmaculada y la atrajo bruscamente hacia sí. Lucía gemía y sollozaba al tiempo. Yo salí corriendo y con los nervios tropecé. En las sombras de la noche se abrió un rectángulo de luz proveniente de la puerta de la caravana. Néstor salió con una botella en la mano y una gruesa vara en la otra gritando desaforado:

—¿¡Quién anda ahí!?

Yo, que había conseguido medio esconderme tras una jara, observaba aterrada. Entonces, salió Lucía detrás de él. Aún sin maquillar era igual de hermosa, pero sus ojos eran de agua y no estaban vivos y chispeantes como en la plaza. Miró en mi dirección y rápidamente agarró a su padre y lo atrajo hacia adentro.


—Habrán sido los zorros. Déjalo—. Al cerrar la puerta echó un vistazo por última vez y, mirándome, puso su fino dedo de mariposa sobre sus labios intentando componer una sonrisa deslavazada.

#elveranodemivida

En un puebluco

Al doblar una esquina
mi mirada tropezó
con una calle recoleta
que hacía una ligera cuesta
al pie de un viejo molino.
No pude sujetarla.
Se me resbaló rodando por el empedrado
y fue a parar al río.
Allí se quedó mi mirada
toda mojada
resbalando juguetona entre el verdín y el limo.
Quise sacarla del agua
pero no hubo manera.
Que quería oír el trino suave
del líquido al saltar,
me decía.
Que quería quedarse
allí dormida.

#poesía #niundíasinpoesía

Desde mi ventana

Veo un hermoso cielo verde, nubes de musgo
y alfombras de helechos.
Hay también
un hermoso campo azul
como el mar profundo y sereno.
Nadan las vacas
transformadas
en ballenas gráciles
y ramonean perezosas
en su océano de paz.
Dicen que confundo los colores desde que llegué.
Que la retina
se me impregnó de verde
desde que crucé
el bosque.
Pero las hayas me dieron
la sombra que necesitaba.
La antiguas secuoyas
me abrazaron con su tronco de terciopelo.
Dicen que confundo los colores. Yo creo que son ellos
los que no saben mirar.

Bajamares

images-na.ssl-images-amazon.com/images/I/51grIK...
Bajamares / Antonio Tocornal (Ediciones Insólitas)

Antonio Tocornal me ha dejado «tocada». Tocada en el mejor de los sentidos si hablamos de literatura. Tocornal nos sumerge en el mar profundo que a todos nos habita y que todos amamos y tenemos a partes iguales. A través de la voz del farero nos va desgranando en una serie de imágenes cargadas de simbolismo los más oscuros y secretos pensamientos de aquellos que a menudo somos atrapados en la telaraña de la desolación.

Advierto, no es un libro ligero, de esos que se olvidan a los dos días. Afortunadamente. Ya hace semanas que cerré la última página y siguen conmigo la sensación de extrañamiento, las reflexiones sobre el sentido de la vida y del paso del tiempo. Es una novela que raya la poesía y por ende la filosofía y hasta la psicología. Bajo mi punto de vista imprescindible.

Sospecho que a partir de ahora, en todas mis bajamares ya siempre aparecerán ballenas con palabras escritas en el lomo.

Mayte Blasco. La lluvia suave

La extrañeza de la lluvia / Mayte Blasco. Ed. Maluma

Amigos, hoy inauguro un género que nunca me atreví a tocar y ya iba siendo hora. La excusa es perfecta: la nueva novela de Mayte Blasco.

Cuando Mayte me habló por primera vez de «La extrañeza de la lluvia» me la presentó como una historia ambientada en un futuro ligeramente distópico. Pero no, amigos. No os equivoquéis. No es en absoluto ligera. Quiero decir que no es una de esas novelitas para pasar el rato y ya. Vamos, que deja poso. Y en cuanto a la distopía, podríamos decir que un poco, lo justo y necesario.

Sorprende lo diverso de los temas que toca, que no dejan de ser más que piezas de un mismo todo. Se percibe un claro interés por asuntos tan actuales que parece que hubiera hecho un viaje en el tiempo para conocer los hechos que tan solo unos meses después de terminar la novela iban a ocurrir. Así que la primera pregunta es inevitable:

PREGUNTA: ¿Cuándo y cómo se gestó tu novela?

MAYTE BLASCO: Empecé a escribirla a finales de 2018 y la acabé a principios de 2020. Recuerdo que la llevé al Registro de la Propiedad Intelectual dos días antes de que nos confinaran.

P.: ¿Eres consciente de que resulta premonitoria hasta el escalofrío? Confiesa, tú sí que sabes interpretar los textos de Nostradamus.

M.B.: Supongo que te refieres al asunto de la pandemia… Bueno, en mi novela aparece un virus que prolifera en las atmósferas muy contaminadas de las ciudades. No es exactamente lo mismo que estamos viviendo con el COVID. En cualquier caso, el virus de mi historia no genera una pandemia tan terrible como la actual. Eso no podía imaginarlo ni en mis peores pesadillas cuando empecé a escribir esta novela. En mi libro ese patógeno es un efecto más de la decadencia ecológica en la que ha derivado el mundo en ese futuro incierto. Hay cierto paralelismo entre la gestión actual de la pandemia que oscila entre atender a la emergencia sanitaria o salvar la economía y en el libro sucede una cosa parecida.

P.:¿Por qué escribiste esta novela? Es decir ¿por qué elegiste esta temática?

M.B.: Una de las motivaciones que siempre me ha llevado a escribir es la de volcar y exteriorizar mis miedos y mis preocupaciones y, en este sentido, el asunto del Medio Ambiente es algo que me quita el sueño desde hace tiempo. Uno de los temas del libro es el cambio climático (aunque me esforcé bastante para que esta expresión, cambio climático, no apareciese ni una sola vez en todo el texto), pero también lo uno a otros problemas que nos acechan, como el negacionismo de algunos líderes políticos y la intolerancia hacia determinados colectivos que parece estar repuntando en los últimos tiempos.

P.: Se confirma la destreza que tienes para armar puzles de personajes con historias entrelazadas. Está claro que te sientes cómoda con este estilo de narración. ¿Crees que es más sencilla o más complicada que una historia más lineal?

M.B.: Supongo que eso depende de cada autor. A mí me gusta escribir historias cruzadas, con más de un protagonista. Creo que eso permite contar la historia desde distintos puntos de vista y se enriquece la narración.

P.: Si algo me ha sorprendido es la atmósfera de sordidez y desasosiego que flota en toda la narración. Supongo que eres consciente de que hay una clara evolución desde la primera novela.

M.B.: Sí, creo que mi estilo ha cambiado. A veces pienso que me he pasado de sordidez en esta novela, pero la historia me pedía escribir así. Quizás me han influido los autores que he leído en los últimos años y también mi tendencia creciente a huir de lo cursi (no soporto las historias cursis). Con esto no quiero decir que mi anterior novela, Las vidas que pudimos vivir, fuera cursi, pero quizás había en ella un tono más inocente, menos crudo.

P.: El final es abierto, imagino que intencionadamente. A mí, personalmente, me encantan. ¿Pero cuál es tu opinión? ¿Por qué lo elegiste para La extrañeza de la lluvia?

M.B.: La novela es bastante cruda, pero quería escribir un final en el que se intuyera cierto atisbo de esperanza. No es un final feliz en estricto rigor, pero sí un final que invita a pensar que puede haber una salida. Por eso lo escribí de esta forma.

P.: Sé que también has tocado el género del relato y del microrrelato. A mí esta novela me recuerda mucho a una de las características del micro. Sugiere una historia muchísimo más amplia que lo que está meramente escrito. ¿Es algo intencionado? Quiero decir, si cuando la escribías querías que fuera. Dejar ahí las ideas para que se fueran cociendo a fuego lento en la mente de los lectores.

M.B.: Me gustan las historias en las que no se cuenta todo, aquellas en las que el lector debe rellenar los huecos que faltan o que incluso dan pie a distintas interpretaciones. Esto es lo que me gusta leer y, por tanto, lo que también me gusta escribir. Es cierto que se parece un poco al microrrelato, pues en este género literario lo más importante es precisamente lo que no se escribe.

P.: Mayte, no dejo de pensar en que detrás de esta novela está la mano de una mujer. Hay una sensibilidad especial. Ojo, no digo ni mejor ni peor. Sólo distinta. ¿Crees que hay diferencias en la forma de narrar de las mujeres con respecto a los hombres? No quiero parecer sexista, ¿eh?

M.B.: Creo que sí hay diferencias. No tanto en el estilo, sino más bien en el desarrollo de los personajes y en el enfoque que se da a determinados temas. Por ejemplo, en mi novela hay un capítulo casi dedicado por completo a las visitas de una serie de mujeres a la consulta de un ginecólogo. Sinceramente, creo que esto no podría escribirlo un hombre y, si lo escribiera, desde luego el enfoque sería muy diferente.

P.: Me consta que además de escritora, tienes otros trabajos: remunerados y no remunerados, como bibliotecaria o madre. ¿Como y cuándo escribes? Vamos, que cómo te las apañas.

M.B.: Voy sacando los ratos que la vida me va permitiendo. Últimamente he desarrollado una gran capacidad de concentración y soy capaz de escribir casi en cualquier parte, incluso con mi hijo al lado viendo dibujos animados. En mi cabeza las novelas y los relatos se están escribiendo a lo largo de todo el día (a veces también de la noche, pues padezco de cierto insomnio). Retengo en la cabeza esas ideas o las escribo resumidamente en libretas y en el bloc de notas del móvil, y cuando puedo las desarrollo en el procesador de textos del ordenador.

P.: ¿Qué te inspira? ¿Qué escritores o escritoras te influyen?

M.B.: Me inspiran las noticias de los telediarios, mi propia vida, la vida de la gente que me rodea, la vida que me imagino que puede tener un desconocido que se cruza conmigo en el metro, las conversaciones que mantengo con la gente…

Últimamente he leído mucha literatura hispanoamericana contemporánea, sobre todo escrita por mujeres, todas excelentes y con una enorme potencia narrativa: Samanta Schweblin, Fernanda Trías, María Fernanda Ampuero, Nona Fernández, Pilar Quintana, Ariana Harwicz… Creo que estas escritoras me están influyendo inevitablemente. Entre las narradoras españolas, Sara Mesa creo que es también una clara influencia para mí.

P.: Pregunta inevitable: ¿qué va a ser lo siguiente?

M.B.: A finales de año publicaré un libro de relatos con la editorial Niña Loba.

P.: Sé que tu primera novela fue autopublicada. ¿Te ha sido muy difícil que una editorial tradicional te publicase tu segunda novela?

M.B.: La envié a varias editoriales. Recibí algunas negativas y varios silencios y, finalmente, la editorial Maluma me llamó para decirme que estaban interesadas. Poco después recibí también un correo del editor de Niña Loba manifestándome su interés en publicar mi libro de relatos, así que el contacto con el mundo editorial tradicional no ha sido tan difícil como imaginaba que iba a ser. Supongo que he tenido suerte.

P.: Y por último, esto no tiene mucho que ver con nada. O sí. ¿Quién sabe? Mayte Blasco, elige un color, un olor, un sabor.

M.B.: El color violeta y el olor a tierra mojada.

No podía ser de otra manera, dado el nombre de la novela. Pero es que me consta que es cierto, que a Mayte Blasco le gusta la lluvia y ese olor característico que deja tanto como a mí. No nos ha confesado su sabor preferido. Así que lo dejaremos para la siguiente.