Palíndromos

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Desde el día que murió hasta su nacimiento Otto vivió al revés. Justo al contrario que su gemelo. Cuando Sabas comenzó a andar, Otto soltó el bastón. El día que su hermano dio su primer beso, él recibió el último. Uno comenzó a trabajar; el otro se jubiló. El día que Sabas se casó, Otto firmó el divorcio. Sólo una vez coincidieron en mitad de sus trayectos. En el mismo cine y con la misma chica sentada entre ambos. En la oscuridad ella buscó la mano de Otto. Y obró el milagro. Ahora Otto recorre su camino en sentido inverso. O correcto, según se mire.

 

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Distracciones

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La mosca revolotea, sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño.  Ene la acaba de encerrar ahí porque no la deja estudiar. Vuelve a sentarse en su escritorio y se esfuerza en leer sus apuntes. Por fin sin mosca, pero…  ¿qué estará haciendo?, se pregunta. Seguro que se aburre dando vueltas entre botes de champú y gel. Se la imagina posándose en el lavabo y mirando hacia el desagüe como si estuviera en el borde de un precipicio que da a un abismo oscuro y misterioso. ¡No, sal de ahí, mosca! Ahora le parece verla volando frente al espejo y preguntándose quién será esa otra mosca que se empeña en imitar a la perfección sus movimientos. ¿Sabrán las moscas lo que es un reflejo? ¿Intentará atravesar el espejo para acceder a ese otro mundo reflejado? ¿En cuántos mundos distintos habrá estado? Ene se pregunta si habrá viajado mucho y cuántos kilómetros puede recorrer una mosca al día. Claro, que si va en coche, como esas moscas que su padre llama “cojoneras”  y que tienen la manía de meterse en el coche cada vez que vienen de pasar el día en el campo, las posibilidades de conocer mundo se amplían enormemente. Por ejemplo, si una mosca se cuela en un autobús que va de Madrid a París, puede llegar a la ciudad de las luces y hacer turismo y subir a la Torre Eiffel. Y si luego coge un tren que vaya a San Petersburgo, podría pasearse por el mismísimo Palacio Imperial. Y si… ¡Para mosca, estate quieta ya!  Ene se levanta, va al cuarto de baño y abre la puerta. Y ahí está, mirándola indiferente, frotándose las patitas como sólo las moscas saben hacerlo. Si pudiéramos oírla, estaría soltando una risilla maliciosa.

 

 

Espíritu familiar

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Cuando era niña pasaba los veranos en el pueblo, en un caserón viejo y ruidoso. “Shhhh, que las paredes oyen” me decía la bisabuela. Yo no lo entendía, hasta que una noche Adelaida salió de detrás del espejo de mi cuarto. Me llevé un buen susto, pero lo peor fue comprobar que no sólo oía sino que no paraba de hablar y era una cotilla de cuidado. Me cuchicheaba al oído todos los secretos, grandes o pequeños, de la familia entera. Era verme sola y allá que se me pegaba a darme la tabarra. Con el tiempo y la edad Adelaida desapareció. He llegado a pensar que tan sólo fue un producto de mi imaginación. Pero el mes pasado volví al pueblo con los niños. Y desde entonces mi hija la pequeña me mira raro.

Contribución para Los viernes creativos

 

Y no olvides que te quiero

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Kate McDowell. Ants ate all my sugar, 11″x7″x5 ½”, hand built porcelain, cone 6 glaze, underglaze, 6/2010

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas al poco de marcharte. Salieron del mueble-bar y empezaron a acarrear comida. Al principio eran pocas. Nos acechaban para recoger las migas que caían de la mesa. Luego llegaron más y nos vaciaron la nevera. Ayer desapareció el perro. Y por si fuera poco, ahora además hay termitas. He mandado a los niños con mi madre. Tengo miedo de que se los lleven a ellos también. Ya no me atrevo a salir de la habitación; de nuestra cama. Termino la botella y dejo esta nota dentro para que no la devoren las termitas. Si los niños preguntan cuéntaselo con delicadeza.

El viajero

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Fotografía de Juan Felipe López Arbide

Cada domingo Antonio va al metro y sube a su tren en la línea circular.  No es que sea siempre el tren de las 10 en punto; es que es suyo. Se sienta en su asiento, tercer vagón, junto a la ventanilla y se va de viaje. Como es su tren y su viaje, las paradas las decide él mismo y, por supuesto, el destino también. Un día se va a la Patagonia, a pasear entre glaciares. A veces escoge la lejana China o la exótica India. Otras veces no va muy lejos en la distancia, aunque sí en el tiempo. Vuelve a la casa de sus abuelos, a las siestas interminables oyendo las termitas roer los muebles viejos. A menudo visita a su amigo Juan, siempre con doce años, siempre cazando ranas en el río. Hay veces en que durante treinta minutos consigue regresar al calor de los brazos de su mujer Conchita, acurrucados desnudos bajo las mantas. Todo depende del capricho de su memoria. Los viajes a tierras peligrosas intenta evitarlos. No le gustaría volver nunca al día en que ella se fue para siempre en un avión de los de verdad; tampoco al Líbano, que a pesar de sus hermosos bosques, dicen en el telediario que está ahora muy revuelto, demasiado cerca de Siria. Esta mañana se ha levantado con ánimo explorador y se ha acodado en la ventana de su particular televisor para admirar las cumbres nevadas del Kilimanjaro, antes de que se terminen de derretir con el calentamiento global. Cuando el viaje termine se bajará de nuevo en su parada y volverá a su rutina diaria y gris. Al pasar por la puerta de la agencia de viajes cogerá un folleto, que ya tienen los de la temporada de invierno.

Colaboración para Los viernes creativos  https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/08/viernes-creativo-escribe-una-historia-203/

 

Volar

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Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado aquí sin miedo: lo han dejado abajo, dentro de sus mochilas, bien dobladito, junto a las pesadillas recurrentes y los malos recuerdos. La subida ha sido dura. A cada peldaño tenían la tentación de volver, pero ellas no se han soltado las manos: madre e hija. Como cuando una era más joven, como cuando la otra era más niña. Así, despacio, han llegado arriba. Lanzan su ropa al mar y dejan que el sol del mediodía les muerda la piel. Su equipaje apenas es una mota de polvo visto desde allí. El cielo azul, en cambio, es inmenso. Ambas se sonríen, despliegan las alas y parten rumbo al horizonte.

Paraguas de colores para días grises

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Fotografía de Kristina Makeeva

Recuerdo que llovía a menudo en aquella ciudad. Una lluvia impenitente, unas veces tan fina que casi no la apreciabas. Otras, de manera torrencial. Y cada vez que me asomaba a la ventana ahí estabas tú. Parado en la acera de enfrente con tu paraguas negro esperando a alguien. Era curioso porque sólo lo hacías los días de lluvia. Me acostumbré a mirarte allí quieto, mientras tomaba una taza de té humeante a través de los cristales empañados. Una noche fría, en la que un pequeño río corría por la calzada no pude resistirlo más y bajé a preguntártelo.

—¿Por qué esperas si sabes que no va a venir?

—Ya lo has hecho—, me contestaste y me ofreciste cobijo.

Desde entonces nos encanta pasear los días de lluvia pero solo lo hacemos con paraguas de colores porque aquella noche fría y gris se hizo el arcoiris bajo el tuyo.

Colaboración para Los viernes creativos. Microrrelato inspirado por Cortázar con foto de Kristina Makeeva.
https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/01/viernes-creativo-escribe-una-historia-202/

En fuga

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Fotografía de Noah M. Karris

Te sentaste en mitad de aquella carretera inhóspita, cámara en mano y achicharrándote a pleno sol, solo para sacar el mejor ángulo del horizonte. Eras una perfeccionista, quizás una maniática. Yo ni siquiera me molesté en discutir o gritarte algún insulto. Mascullé para mí “puta tarada” y me largué. Estaba harta de aquel viaje, que al principio nos prometimos tan alucinante y resultó ser un calvario. Comer contigo, dormir contigo, vivir contigo. Recorrer contigo la América profunda a través de la 66 parando en cada recodo de ese camino polvoriento para hacer una foto a cualquier cosa inanimada terminó crispándome los nervios. Así que cogí el coche y pisé el acelerador.

Y desde entonces no he dejado de hacerlo. Conduje como una loca hacia el aeropuerto. Volví a casa. Busqué trabajo, lo perdí, una vez, dos, tres. Encontré uno que me llevó a China, luego a Suecia, Marruecos, Polonia. Distintos países, distintos continentes. Mismo contenido.  Conocí a un Ricardo. Me casé con él. Tuve dos abortos. Me divorcié. Me casé de nuevo con un tal Jörgen y lo dejé por otra. Y a esa otra, por otro del que ya ni recuerdo su nombre. No tengo perro ni gato. Demasiado compromiso. Tampoco una casa en propiedad. Me ataría demasiado, me haría ir despacio.

No he vuelto a saber de ti. A veces, cuando por las noches me emborracho para adormecer mis sentidos, el alcohol me la juega y te recuerdo allí sentada. Porque si algo tienes es paciencia, eso sí. Y dicen que cada año desaparecen cientos, miles, millones de personas en el mundo. Pero yo sé que tú sigues ahí, en ese paisaje desértico. Esperando. Esperándome.

 

Colaboración para Los viernes creativos  https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/08/25/viernes-creativo-escribe-una-historia-201/

Para no sentir

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Fotografía de Pedro Riverol Salinas

Galatea se pasa el día acurrucada, olvidada en un rincón. Las lágrimas bañan su rostro contemplando a Pigmalión, embelesado con su nueva estatua. Anoche cayó rendido pero consiguió terminarla. Es perfecta salvo por un detalle: sus ojos se han borrado, como en las otras dos anteriores. No para de dar vueltas por el taller mientras piensa qué embrujo ha sido el causante de semejante desastre. Galatea, desde su escondite, aprieta con fuerza el cincel bajo la túnica y se seca las lágrimas. No va a permitir que a ninguna de sus hermanas le rompan el corazón viendo cómo las sustituyen en cuanto pierden el brillo.

Contribución para Los viernes creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/08/04/viernes-creativo-escribe-una-historia-198/

Ligera de equipaje

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Fotografía de  Raquel Rodríguez Suárez

No hay nada como una buena limpieza. Adquirí la costumbre de niña, poco después de que mi hermano cayese al río y allí se quedase durante aquella fiesta de carnaval tan grotesca que a mi abuela se le ocurrió preparar. Adoraba hacer el payaso así que llevaba un buen atuendo para la ocasión.

Suelo deshacerme de la carga excesiva en primavera pero con el tiempo me he dado cuenta de que cualquier momento es bueno. Acostumbro a empezar por los armarios. Reviso ropa que ya no me pongo porque pertenece a un cuerpo que ya no es y a una historia que ya pasó. Amontono los disfraces de felicidad infantil junto con los caramelos que se te pegaban en el paladar, los apilo al lado de los vestidos playeros llenos de bronceados efímeros y borracheras nocturnas. También con las camisas manchadas de besos fugaces o los abrigos pasados de modas forrados de promesas eternas. A veces incluso hago expurgo en el joyero. Es difícil seleccionar entre tantas baratijas y abalorios. Los primeros en salir son los más brillantes y grandes. Casi siempre vienen enganchados con una tarde de compras compulsivas y solitarias, de las que sirven para enjuagar lágrimas. Por último me doy un baño relajante. Lleno la tina, abro mi bote de pompas de jabón mágico, donde guardo mis recuerdos especiales, y aspiro su aroma. Nunca me atreví a llegar tan lejos en mi limpieza pero hoy los vacío todos para que impregnen mi piel por última vez. Todos menos uno.

Contribución para Los viernes creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/07/28/viernes-creativo-escribe-una-historia-197