La cabeza

Si me arranco la cabeza todo se acaba.

Puede que termine todo perdido de astillas de hueso, tendones desgarrados y sangre, mucha sangre. O quizás no tanta. A base de no pensar mucho las ideas deben estár más bien flacas.

Quisiera que me arrancasen la cabeza de un tajo seco, como ideó Monsieur Guillotine. Qué elegantes quedaban las cabezas. Limpias de inmundicias y convenientemente retocadas con maquillaje. Una buena capa de polvos de arroz, colorete a profusión, bien peinada y sostenida en un a peana con una cinta roja al cuello no vayan a verse los restos de la carnicería. Eso sí con mi nombre debajo que diga la cabeza de Sara. No teman, es inofensiva

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