Niña de verano

Sales de la piscina, caminas desgarbada con los hombros cargados hacia adelante para ocultar la turgencia suave de tu pecho. Tienes el pelo chorreando y disfrutas torturándome escurriéndolo sobre mi espalda. Aún estás enfadada y es tu forma de vengarte. Te tumbas lejos de mí y te colocas los auriculares. De repente, te incorporas y me preguntas con la voz tildada de rencor cuál fue el mejor verano de mi vida. Sé que no es más que el primer disparo de una andanada de reproches. Así que callo con la esperanza de que desistas. Pero has traído a mi memoria aquel verano en que tenía casi tu edad.

Recuerdo que aprendí a bailar rumbas agarradas con mis amigas en las fiestas del pueblo y también a beber calimocho tras la tapia del cementerio. Allí probé los besos torpes y babosos del chico más guapo del grupo y sentí por primera vez unas manos ajenas bucear en mi entrepierna.

El segundo mejor verano de mi vida vino unos años después. Me recorrí Europa en tren con la mochila a cuestas y un par de compañeras de universidad. Vivíamos con descaro y chapurreábamos inglés, francés y hasta alemán sin miedo ni vergüenza. Mientras, fumábamos maría, bebíamos absenta y filosofábamos emulando a Nietzsche sintiéndonos la crème de la intelectualidad y el centro de atención de incontables amantes efímeros.

El tercer mejor verano de mi vida viajé a Londres para perfeccionar mi inglés mientras trabajaba en un McDonalds. No aprendí una mierda porque casi todos mis compañeros eran españoles o italianos. Y lo que aprendí nunca me sirvió para trabajar en una oficina ni en nada muy fino. Pero paseaba cada día por el Hyde Park, frecuentaba todos los antros de Camden Town y me sentía la dueña absoluta de mi propia existencia.

El cuarto mejor verano de mi vida me quedé en Barcelona. Fui al aeropuerto a despedir a la amiga con la que iba a ir a Dublín. Las dudas me asaltaron hasta el último minuto. Pero aquel chico que había conocido tan solo hacía tres meses me escribió un ñoño mensaje tan romántico que hizo secar mis lágrimas mientras veía como despegaba el avión. Ese fue el verano del amor, del sexo y sobre todo, del sexo con amor.

Y sin embargo ninguno superó al verano aquel, hace doce años, en el que una noche de insomnio, caminando por el paseo marítimo sentí que me desgarraban por dentro como si el mundo se me hubiera metido en el vientre y quisiera estallar en un nuevo big bang. Fue un 6 de agosto y la luna estaba radiante. No lo esperaba, aún quedaban quince días para la fecha marcada. Había elegido pasarlos sola en un apartamento de la Barceloneta mirando al mar. Necesitaba pensar qué iba a ser de mi vida, qué iba a hacer contigo. Pero no me dio tiempo. Te anticipaste y solo recuerdo que me abrí para traerte al mundo envuelta en sangre, miedo y dolor. Y que cuando te vi tuve la certeza de que había llegado a mi destino. Que todo lo acontecido hasta entonces no tenía importancia. Luego, como si se tratara de un sortilegio te prendiste de mi pecho y el encantamiento quedó sellado. Supe que ese sería realmente el verano de mi vida. Para siempre.

Pero por supuesto, todo esto no te lo voy a contar ahora. Aún no lo comprenderías. Y te quiero demasiado para estropearte la sorpresa.

#elveranodemivida

5 comentarios en “Niña de verano

  1. Cuántos maravillosos recuerdos y qué variados entre sí. A mí me encanta el verano, es mi estación favorita. Supongo que no hay nada comparable a ser madre y así lo reflejas en el relato. Agraciado de leerlo. Gracias por compartirlo y mucha suerte en el concurso. Adelante!

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