Mariposa de chicle

Dibujo de Xelo Camps http://www.drawfolio.com/es/portfolios/xelo-camps/picture/144887

El Gran Circo Ambulante René, pese a su exótico nombre, llegó al pueblo en una pequeña roulotte y sin fanfarrias. Ese año Naranjito y el mundial copaban los universos infantiles. Pero yo, de aquel verano, lo que más recuerdo son las funciones del Circo René. Una tarde, el pregonero salió con su trompetilla y, acallando a las chicharras, voceó la noticia.
Ansiosos de ver el espectáculo, que suponíamos venido del París más glamuroso, nos plantamos en la plaza todos los muchachos cuando todavía el sol de julio azotaba sin piedad. Pero no había allí elefantes, monos o animal alguno, exceptuando las cigüeñas que, como de costumbre, sobrevolaban el campanario. En su lugar había una caravana con el nombre del circo pintado a mano y delante de la misma, una enorme lona roja circular. Rodeándolo todo habían colocado los remolques, como cuando soltaban las vaquillas en las fiestas. Sentado frente a una mesa estaba un hombrecillo regordete y sudoroso ataviado con una chistera ajada que tenía pinta de todo menos de francés. Toqueteaba nervioso una caja de cartón donde recogía las monedas de las entradas.

Desde esa noche, y durante una semana, no nos perdimos una función. Pronto aprendimos que del nombre solo era cierto lo de ambulante. Grande no era porque lo formaba una sola familia: el matrimonio de Remedios Solís y Néstor Cercas —de ahí lo de René, nada que ver con Francia, aunque daba el pego— y sus tres hijos. De circo tenía lo justo: los dos chicos, algo mayores que yo, que eran malabaristas; la hija, que hacía números variados; Néstor, que sabía algunos trucos de cartas y Remedios, que se encargaba del proyector de cine.


Cada día, al caer la tarde se esforzaban en preparar un espectáculo medio digno. Néstor salía con una chaquetilla raída y presentaba la función. Solían seguirle los chicos con los malabares, el propio Néstor con su magia ramplona y, finalmente, la hija, que rondaba los quince y era lo más interesante. Vestía un maillot rosa y un tutú blanco. El pelo negro recogido en un moño. Era alta y delgada como un junco y sabía moverse con elegancia. Comenzaba haciendo algunos pasos de ballet lo suficientemente vistosos para dejar al publico inexperto admirado. A mis ojos de niña de apenas diez años era como ver una grácil mariposa agitando sus alas suaves entre un campo de cardos. Después se quitaba la falda, se acercaba al centro de la pista improvisada y se subía a una plataforma. Se ponía muy tiesa, estiraba los brazos hacia arriba y arqueaba su columna hacia atrás doblándose por completo. La primera vez que lo hizo hubo varios gritos desde los remolques: «¡Cristo Bendito!», “¡Que se descuajaringa!” Yo estaba obnubilada mirando cómo esa mariposa de puro chicle doblaba las rodillas y se agachaba aún más dejándose caer sobre el pecho, de tal forma que hacía pasar la cabeza entre sus brazos para encontrarse mirando a sus pies. Desde esa postura observaba al público, saludaba y sonreía. Luego seguía haciendo contorsiones ante los hipidos espantados de las viejas y finalmente volvía a la postura inicial, enroscada sobre su pecho. Entonces Remedios le acercaba un platito con cerezas. Solían estar colocadas las parejas de frutos con sus rabitos ahorquillados hacia arriba. Así, la hermosa contorsionista, en una postura inverosímil, podía cogerlas entre los dedos de sus pies. Jugueteaba con ellas poniéndoselas detrás de las orejas como si fueran pendientes e incluso las llevaba a la boca para comérselas.


Averigué que se llamaba Lucía. Al acostarme recordaba sus pasos de baile sobre la tela roja, sus piruetas y su cuerpo elástico como un chicle Boomer de los que anunciaban en la televisión. La admiraba, me parecía hermosa, me parecía sublime. Quería ser como ella, no imaginaba un oficio mejor que el suyo, ni una sonrisa más bella.


La última función consistió en la proyección de una película de Manolo Escobar en la que hacía de cicerone para una guiri paseando por Granada mientras intentaba ligársela. Me la pasé deseando que después hubiera número de contorsionismo, pero en el descanso vi a Lucía acercarse a su madre y oí como Remedios decía que en cuanto acabase se marchaban al siguiente pueblo. Se me partió el corazón y no me enteré del resto de la historia de Manolo y la guiri. Mi pecho retumbaba tan fuerte que pensé que los de al lado iban a oírlo así que me escabullí antes de que terminara la cinta.

Anduve deambulando hasta encontrarme delante de la caravana de los René, que ese día estaba aparcada en una cerca para hacer sitio en la plaza a la sesión de cine. De repente, me pareció la excusa perfecta pedirle un autógrafo a Lucía para ver por última vez a mi mariposa de chicle. Sin embargo, antes de llamar vi por la ventana un trozo de piel desnuda. Se me cortó la respiración y me agaché. Pasados unos segundos decidí echar un vistazo. En efecto, era la espalda lisa y suave de la contorsionista. Quizas se esté probando el maillot, me dije. Pero entonces una mano grande y peluda, más bien una garra, asió esa cintura inmaculada y la atrajo bruscamente hacia sí. Lucía gemía y sollozaba al tiempo. Yo salí corriendo y con los nervios tropecé. En las sombras de la noche se abrió un rectángulo de luz proveniente de la puerta de la caravana. Néstor salió con una botella en la mano y una gruesa vara en la otra gritando desaforado:

—¿¡Quién anda ahí!?

Yo, que había conseguido medio esconderme tras una jara, observaba aterrada. Entonces, salió Lucía detrás de él. Aún sin maquillar era igual de hermosa, pero sus ojos eran de agua y no estaban vivos y chispeantes como en la plaza. Miró en mi dirección y rápidamente agarró a su padre y lo atrajo hacia adentro.


—Habrán sido los zorros. Déjalo—. Al cerrar la puerta echó un vistazo por última vez y, mirándome, puso su fino dedo de mariposa sobre sus labios intentando componer una sonrisa deslavazada.

#elveranodemivida

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