Cuando fuimos Bonnie and Clyde

No atracábamos gasolineras ni asaltábamos bancos. Pero fundíamos nuestros cuerpos cada noche después de bebernos todos los bares de la ciudad. Deambulábamos de un garito a otro con ese aire a lo James Dean, de delincuentes atormentados pero tan atractivos. Cuando se acababa el dinero, a veces dejabas que los borrachos te posaran las manos para sacarte unas copas gratis. Y mientras les ofrecías ilusiones, yo aligeraba sus carteras. Después, consumíamos las ganancias con avidez. Las mañanas de resaca yo te despertaba con un beso, tú abrías los ojos enrojecidos, espesos por el sueño, e ibas a trabajar con tu minifalda de cuadros, tus botas y tu boina. Una Brigitte Bardot de imitación. Yo me quedaba en aquel sucio apartamento del puerto de Marsella tocando la guitarra y componiéndote unas canciones horrorosas que decías que te gustaban.

Pero nosotros no fuimos a morir en una carretera secundaria. Vinieron a desalojarnos y nuestro frágil mundo comenzó a derrumbarse. Lo supe cuando vi cómo aquel agente torpe tropezó con mi instrumento y lo estampó contra la pared. Fue como si nuestras canciones de amor saltasen por los aires impregnando las paredes de nuestro refugio. Y se quedaron allí, esa vez no nos acompañaron en la huida.

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