Con el corazón en alto


Mi padre es un hombre sencillo de campo trasplantado a una ciudad que nunca comprendió del todo. Mi padre lleva el sol pintado en la cara y en el alma. Un sol rotundo de dehesa extremeña que, por más que quisiera evitarlo, se le desborda por las comisuras de los ojos y de los labios. Pero es que no quiere. Ni quiero yo. Aún tantos años después de su llegada a la capital siguen las eses de su habla resbalándose con la misma suavidad de aquella sinfonía continua de chicharras que me adormecían de niña a la hora de la siesta. Todavía permanece en él esa cadencia musical, pausada, como el Guadiana cuando lame las orillas blandas de la tierra de su infancia.

Mi padre es un hombre humilde y tranquilo. Pero no es cobarde. El destino ha jugado muchas veces con él. Una de ellas le arrancó una mano para someterle. No lo consiguió, porque tiene también mi padre un orgullo dormido y temible que se yergue ante todo y ante todos cuando la vida le planta cara.

Mi padre me ha enseñado pocas cosas. No sabe de raíces cuadradas, ni de la composición del átomo. Nada me pudo contar nunca de la Generación del 27, ni de la métrica de los versos o la fórmula de la energía cinética. Pero me enseñó otras más importantes. Me enseñó a observar el campo con ojos de humildad, por ejemplo. En los veranos, de niña me tomaba de la mano y junto a mis dos hermanos nos llevaba a pasear por los campos de su Extremadura, de mi Extremadura. Andábamos desde bien temprano explorando el terreno. Metíamos los pies en arroyos mientras nos contaba su nombre. Nos llevaba por senderos y caminos explicándonos cada planta, cada piedra, cada recodo. Contestando con paciencia infinita las preguntas interminables de tres niños ávidos de comérselo todo con los ojos. Recuerdo cómo un día conseguimos coger un pato que estaba perdido en una laguna. Nos organizó para hacer que el animal se fuera acercando de forma que pudiésemos atraparlo y verlo de cerca. Qué regalo tan hermoso para un niño. Lo cogimos en nuestros brazos, lo acariciamos, lo besamos. Atesoro esa imagen con inmensa gratitud.

Mi padre conocía el canto de cada uno de los pájaros que oíamos por el camino, sabía en qué charcas habitaban las ranas y nos llevaba para que pudiéramos oír como croaban frenéticas, pero solo de lejos, «porque si te oyen acercarte, se callan enseguida». No conseguíamos aguantar demasiado, pero llegábamos a tiempo de ver cómo saltaban en el agua. Atravesábamos veredas pedregosas, llenas de canchos; a veces descansábamos a la sombra de una higuera o de una encina. En una ocasión nos acercamos demasiado a la finca que guardaba un temible mastín. El animal salió enfurecido a defender su territorio y sus ovejas. Mi pobre padre se encontró delante de aquel perro enorme con el lomo erizado y las fauces babeantes dispuesto a saltar sobre los cuatro. En seguida nos escondió detrás de él y nos dijo que no nos moviéramos. Agarró un palo y lo blandió. Eso hizo que el perro se detuviese un instante. Mi padre aprovechó para indicarnos que fuésemos alejándonos despacio y en silencio, y siempre detrás de él. Él continuó encarándose al animal hasta que pudimos ponernos a resguardo. «Porque si te das la vuelta y echas a correr estás perdido», nos explicó luego. Lo sabía bien porque de niño tuvo un mastín exactamente igual que se llamaba Terrible. Terrible hacía honor a su nombre con cualquiera que se acercase de noche a su rebaño, y sobre todo con los lobos. Pero Terrible era un gatito mimoso para mi padre, que jugaba con él dejándose hacer de todo. Nos contaba muchas historias de su vida de niño en el campo. Historias que guardo en mi memoria para siempre.

No conozco persona más noble que mi padre. Admiro su humildad, su orgullo de ser quién es, de no deberle nada a nadie.  Su templanza. Sigue acompañándome aún caminando por la vida. Compartimos momentos, confidencias y desvelos. Cuando podemos nos gusta salir a pasear. Ahora mismo deseo con todas mis fuerzas volver al campo de mi niñez con él de la mano o sosteniéndolo del brazo. Y seguir admirando la belleza de la vida. Y si es necesario, enfrentarnos a cualquier dificultad con el corazón en alto. Porque otra cosa que me enseñó es a no rendirme. Nunca.

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