Del color de las zanahorias

Siempre he pensado que el miedo es negro y la culpa es de color naranja brillante, como el pelo de la Zanahoria el día que casi fui su amigo.

Recuerdo que la busqué como siempre en el patio del colegio. A la hora del recreo, mientras jugaba al escondite, o a las canicas, la miraba de reojo pendiente de lo que hacía. Estaba en su rincón de siempre apartada, invisible, parapetada tras un libro. Yo deseaba con todas mis fuerzas acercarme y sentarme a su lado. Aspirar el aroma dulce de su cabeza rizosa del color de las zanahorias. Sentir el leve peso de su cuerpo desgarbado cerca de mí. Que me contara de su vida que yo siempre imaginaba triste, sola, sin amigos. Quería decirle que a mí también me gustaba leer, pero que lo hacía en mi cuarto a escondidas, que no me atrevía a entrar en la biblioteca, como un empollón más. Quería pedirle que me enseñara lo que leía.

De pronto un codazo del Jairo me sacó de mis pensamientos. «Ahí está la zanahoria ésa cuatro ojos con su libro. Se creerá la muy idiota que así no la vemos. Vamos, tengo una idea». Con grandes zancadas atravesó la cancha de futbol dando por el camino un par de empujones a unos críos más pequeños. Mis amigos y yo lo seguimos sin rechistar. Se plantó al lado de ella y se puso a hacerle la burla. Agarró un libro imaginario e imitó su postura exagerando el gesto. Como no consiguió reacción alguna terminó por hacer lo de siempre: arrancarle las gafas y jugar a pasárnoslas. Yo no quería ver la cara de la chica en ese momento, prefería no mirar, concentrarme en el juego. La imaginaba bizqueando y con gesto de boba enrojeciéndose de rabia, a punto de llorar. De pronto, alguien me pasó las gafas. Las cogí al vuelo y haciendo grandes aspavientos me las puse guiñando los ojos, hasta que el Jairo me dio una palmada en las espalda. «Venga, tíramelas, no te emociones». Y entonces las gafas cayeron. Por un momento se hizo el silencio. Alguien empezó a gritar y todos se largaron, pero yo me quedé paralizado. La Zanahoria permanecía sentada, la mirada gacha, agarrando su libro como un naúfrago se aferra a su tabla. Yo estaba de pie frente a ella sintiendome el ser más mezquino del planeta. Y entre los dos las gafas. Me fijé en que por suerte no estaban rotas. El tiempo se detuvo un instante eterno en el que el miedo inundó el aire hasta casi asfixiarnos a los dos. Ella levantó la cabeza despacio y me ofreció dubitativa el libro. Me sorprendió su gesto pero más aún sus ojos, que no eran bizcos, sino de un verde claro y sereno teñidos de algo parecido a la compasión. Extendí el brazo y lo acepté casi sin darme cuenta. Entonces asomó a sus labios una sonrisa inesperada de complicidad. De aquello han pasado muchos años ya. La Zanahoria no volvió el curso siguiente. Nunca le devolví el libro. Hace tiempo que olvidé su título. Pero nunca he podido sacarme de la cabeza su sonrisa y el sonido arenoso de los cristales de sus gafas bajo mis botas.

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