El laberinto interior

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Mi madre me llamaba Edipo. Una vez cuando era niño fuimos con una excursión del ayuntamiento al teatro romano de Mérida. Ella estaba maravillada. «Mira, mi Edipo rey, qué hermoso todo, qué grandeza. ¿Sabes las representaciones que se habrán hecho aquí?». Adoraba la historia con letras mayúsculas, como le gustaba decir. Y el teatro. Sobre todo, los dramas ajenos. Se tragaba todas las obras que salían en aquel programa de la tele: “Estudio uno». Pero no creo que viera nunca ninguna de Sófocles, la verdad. Lo de Edipo lo oiría en alguna de las tertulias que televisaban. A mi padre no le gustaba nada toda aquella pantomima. Él prefería el fútbol. Y beber. No hablaba mucho y solo la miraba con el ceño fruncido. Luego ya sí. Luego empezó a hablar más. Para insultarla. Para decirle que era una paleta con aires de señorita. Y más cosas hacía. Mucho más. Así que yo decidí matarle y estudiar arte dramático y literatura. ¿Qué otra cosa podía hacer?

De aquello ha pasado mucho tiempo, muchas vidas que pudieron ser y algunas que nunca lo fueron. Pero en un bucle caprichoso del destino, ahora vivo en mi propia tragedia griega. Estoy encerrado en este lugar que llaman hospital, una exquisita prisión de paredes blancas donde cada noche me dan pastillas que yo trago sumiso. Se supone que son para mi salud mental, cómo si fuera fácil determinar qué pensamiento es o no saludable. Cómo si en esas cajitas estuvieran la respuestas a los enigmas que desde que nací no consigo descifrar. En cualquier caso yo las engullo para no soñar y para sumirme en un sueño espeso que me distraiga de mi realidad lacerante. Porque cada vez que abro los ojos aparecen personajes trágicos que se empeñan en arrastrarme al escenario desierto de aquel teatro romano que vi de niño agarrado de la mano de la mujer triste que fue mi madre. Medea. Mi Medea. Lleva puesta una bata blanca de doctora, pero no me engaña. Se parece demasiado a mi mujer. Grita el nombre de mis hijos muertos, porque sabe que la culpa me perfora los tímpanos. Por los pasillos deambula Tiresias, como un adivino de rasgos ambiguos que es capaz de ver a través de mi piel. Me observa con desprecio y vomita una culpa fétida sobre mí que me recuerda al olor acre de esos pequeños cuerpos putrefactos que tanto amé. Profetiza el menú del desayuno y sé que habrá otra vez zumo de sangre y corazones de inocentes. Por todas partes hay soldados cretenses que visten de enfermeros. Arrancan con rabia las últimas flores que crecen en el jardín. Bailan con los cadáveres de las estrellas caídas aquella noche de verano en el cuarto de juegos del apartamento que me tocó en el reparto de los despojos de pareja.

Pero de todos los habitantes de esta pesadilla hay uno especial, un soldado que se mira a través de mis ojos en el espejo de mi cuarto de baño. Yo lo llamo el Minotauro. Es alto y fuerte y se encarga de atar a los más rebeldes. Les aprieta fuerte la soga al cuello hasta que dejan de llorar para que no se derrame en lágrimas la luz del mundo. Desde el otro lado del cristal susurra que no entiende qué hago aquí: un escritor tan importante, que me ayudará a salir. Así noche tras noche. Hasta que un día despierto y lo veo sonreír sobre mi cama. Me desata mientras dice: “Te traigo el desayuno y un mapa para escapar de tu propia prisión”. Me guiña su ojo único justo antes de cerrar la puerta. Yo desdoblo el papel ansioso y veo dibujado un laberinto. Por supuesto. Al principio desespero, pero el camino está marcado y comprendo que, sin saberlo, ya lo he recorrido casi todo. La salida está muy cerca. Casi puedo tocarla. Solo tengo que atravesar mi ventana y saltar en vuelo hacia el sol, confiado. Como Ícaro confiaba en su padre. Como yo siempre hice con mi madre.

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