Los suicidas

Escalera Mecánica, Metro, Escaleras, Urbana, Estación

Otro más, piensa Paula, sentada en el andén. «Por causas ajenas el servicio queda suspendido hasta nuevo aviso». Alguien que ha saltado, comenta una señora a su lado con una naturalidad pasmosa. Son las ocho de la tarde, es raro, reflexiona Paula. Normalmente los suicidas eligen el alba. Se han pasado la noche en vela intentando escapar de los fantasmas de su mente. Tragándose capítulos de alguna serie. Mirando el móvil sin obtener respuesta. Y eso que tienen cuatrocientos y pico contactos y casi quinientos amigos en Facebook. A veces leen poesía de madrugada por ver si el nudo que tienen en el pecho se les desata y deja fluir las lágrimas. Buscan el fallo a su alrededor, pero todo está en su sitio. Todo menos su cabeza, que parece un cajón revuelto y puesto al sol abrasador de la locura.

Y es que los suicidas son como gatos curiosos: se asoman al pozo de la muerte una y otra vez, pero no suelen saltar. Porque en el fondo saben que solo hay un páramo frío y oscuro de la más absoluta nada. Paula lo sabe bien. Lo sabe tan bien que está empezando a ponerse muy nerviosa. Se toca las cicatrices de las muñecas y cierra los ojos con fuerza deseando estar de nuevo en casa, bajo las mantas. Y tomarse un vaso de leche caliente.

Con dos orfidales.

Puto suicida.

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