F. Mendelsshon

Hace unos días escuché la vida de una música ejemplar que tuvo que ejercer su profesión tras la sombra de su hermano. La frase de la convocatoria semanal de Relatos en Cadena me inspiró para contar su historia.

Hasta hace muy poco a las mujeres se nos ha negado el acceso a muchos campos profesionales. De hecho, aunque aparentemente ahora el camino para nosotras sea más llano, lo cierto es que no podemos dejar de trabajar para que historias como la de Fanny no ocurran.

Vaya mi modesto homenaje a ella y a todas las que la precedieron y la seguirán.

El nombre de mi hermana empezaba por la misma letra que el mío. F de Fanny, de Felix, o de fugas, como las de Bach, ésas que ella tocaba como si sus dedos estuvieran hechos para acariciar las teclas del piano. Fanny era mayor que yo porque nació cuatro años antes y porque su talento era también superior. Su único error: tener nombre de mujer en un mundo de hombres. No me importa admitir que la letra F casi siempre fue de Fanny. Porque si hubiera sido una nota ella habría sido un fa sostenido y fantasma, y yo un infeliz sol, brillante y bemol.

 

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