El círculo rojo

 

Blanco. Como su nombre. Como las mariposas, la espuma del mar o las nubes.  Blanco como los paseos en triciclo. Como el sonido del cascabel o la sonrisa de Totoro.

Rosa. Como su muñeca favorita. Como el aroma de las flores o la amistad. Como los besos en la mejilla, las piruletas o los juegos en el parque. Rosa como las miradas inocentes.

Rosa oscuro. Como un mundo girando a mil revoluciones. Como un bazar revuelto. Las mariposas, las flores, los besos son ahora manchas borrosas. La velocidad es de color rosa oscuro.

Rojo. Como un punto y final.  Un punto que se extiende y se desborda por el filo de una braga de algodón. Blanco el algodón, roja la mancha.

Rojo.

Rojo.

Rojo.

El mundo se le volvió rojo a Blanca. Que ya no habla igual, ni mira igual, ni siente igual.  Blanca odia profundamente el color rojo que la pone triste, que la pone eufórica y no la deja en paz. El rojo lo inunda todo. Se lleva en una ola violenta —la primera de muchas que vendrán—  su candidez. El rojo le corre por las piernas en cascada y arrastra en un torrente a su muñeca, que se ha quedado muda y ciega. Las flores del jardín se han vuelto rojas también. Su mirada es roja, como sus mejillas. Solo durmiendo consigue olvidarse de la rojez de su universo.

Granate. Como el vino de Oporto. Como las cerezas maduras o los preciados rubíes. Como la risa contenida, los secretos compartidos o las miradas cómplices.

Blanco otra vez. Como la ropa recién lavada o el frescor de la mañana. Como los nuevos comienzos y las miradas inocentes que Blanca guarda bien dobladitas en el baúl de los juguetes, junto a las canciones infantiles y las cosquillas de mamá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Blanco. Como su nombre. Como las mariposas, la espuma del mar o las nubes. Como su vestido favorito. Blanco como los paseos por el campo en triciclo. Como el sonido del cascabel o la sonrisa de Totoro.

Rosa. Como su muñeca favorita. Como el aroma de las flores o la amistad. Como un beso en la mejilla, las piruletas, las bicicletas o los juegos en el parque. Como las miradas inocentes.

Rosa oscuro. Como un mundo girando a mil revoluciones. Como un bazar en el que nada está en su sitio. Inapreciables ya las mariposas, ni las flores, ni los besos. Se han vuelto manchas borrosas. La velocidad es de color rosa oscuro.

Rojo. Como un punto y final.  Un punto que se extiende y se desborda por el filo de una braga de algodón. Blanco el algodón, roja la mancha.

Rojo.

Rojo.

Rojo.

Todo es de color rojo. El rojo lo inunda todo. Se lleva en una ola violenta, la primera de muchas,  sus sueños infantiles, el rojo le corre por las piernas en cascada y arrastra en un torrente a su muñeca, que se ha quedado muda y ciega. Las flores del jardín se han vuelto rojas también. Su mirada es roja, como sus mejillas.

El mundo se le volvió rojo a Blanca. Que ya no habla igual, ni mira igual, ni siente igual.  Blanca odia profundamente el color rojo que la pone triste, que la pone eufórica y no la deja en paz. Solo durmiendo consigue olvidarse de la rojez de su universo.

Granate. Como el vino de Oporto. Como las cerezas maduras o los preciados rubíes. Como la risa contenida, los secretos compartidos o las miradas cómplices.

Blanco. Como la ropa recién lavada o el frescor de la mañana, como el primero de los comienzos. Como las miradas inocentes que Blanca guarda bien dobladitas en el baúl de los juguetes, junto a su vestido de comunión.

 

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