Como cerezas en su punto de azúcar

Mi abuelo plantaba cerezos en el Jerte. Adoraba el color que tenían las picotas cuando las miraba en los capazos todas juntas. Goterones de sangre a punto de explotar, decía que se le antojaban. A mi tío le encantaba el vino de pitarra: fabricarlo y bebérselo. Solía decir que la pitarra tenía que ser recia y espesa, como la sangre.  En el patio teníamos un granado. Mi abuela adoraba sentarse cada tarde, con su calceta en el regazo, a observar cómo, poco a poco, los frutos se iban reventando y dejando al descubierto los rubíes brillantes, como un rocío sangriento y dulce. Un día tranquilo en la primavera del 38 la vida, tan sarcástica a veces, les preparó una sorpresa. Los puso uno junto a otro, al pie de la tapia del huerto y derramó sobre ellos una ráfaga rápida, intensa del rojo más profundo, caliente y vívido que hay.  Antes de cerrar los ojos, mi abuelo tuvo un segundo para mirar el hermoso atardecer rojizo que derramaba sus últimos rayos sobre las cerezas, gordas, lustrosas, coloradas como la grana. Y pensó con tristeza que justo se encontraban en su punto de azúcar.

 

Relato participante en el Concurso 2019 ENTC Colores

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