This place is a shelter

 

A menudo, cuando oigo un piano, siento cómo las notas van cayendo sobre mí como gotas de lluvia. Y van llenando lentamente ese vacío interior que apenas sabes que existe, que más bien intuyes, como si fueras un mueble viejo lleno de carcoma. Y siento esas notas como un bálsamo que apacigua y trae recuerdos de sonrisas y de olor a jabón casero. Son del color de las primeras madrugadas y de los sueños no vividos, pero tan claros, tan nítidos como cuando los soñabas.

Y de pronto ahí estás frente al espejo. Treinta años más tarde, treinta vidas después. Y cierras los ojos y entonces, las gotas son un mar que se desborda y que lava el cuerpo y la cara y la piel. Las arrugas se suavizan y hay un reencuentro. Un ansioso reencuentro contigo misma, como quien se topa con un viejo amor adolescente y sin querer vuelve a sentir las mariposas en el estómago. La excitación del comienzo, la alegría de estar viva.

Y mientras, las notas del piano se deslizan poco a poco y te invaden hasta que ya no puedes más y quieres gritar y quieres acurrucarte en un rincón, encontrar el refugio donde todo comenzó. Donde se fraguaron tus anhelos, donde habitaba tu inocencia. Y crees tocarlo por un momento. Pero cuando casi llegas, cuando casi sientes que te arropa, las notas van cesando hasta que paran.

Y ya se han ido. Y tú te quedas aquí. Ahora. Hoy.

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