Por la escuadra

Foto tomada de Pixabay

A Sergio le gusta filosofar en términos futbolísticos. Suele decir que la vida te coge a contrapié y se escapa con el balón  justo cuando tenías la jugada perfecta. Vas enfilado, tienes la portería a tiro y ya te ves marcando el gol del siglo. Pero lo pierdes sin saber cómo porque te lo roba esa vida perra y marrullera, que te pasa por encima haciéndote una falta de tarjeta roja. Pero a ella nadie le pita penalti. Y el gol ya no lo marcas tú. Te lo marcan a ti. Algo así como le pasa a Reme, su madre, que hoy sube por las escaleras porque el ascensor sigue estropeado, agotada después de un día duro fregando otras escaleras en otros portales —quién lo hubiera dicho años atrás —. Para colmo, cuando llega arriba, recuerda que no ha comprado el pan. Va directa a la ventana, sabe que su hijo está abajo, en el descampado, — ¿dónde si no? — y grita.

—¡¡¡Sergiooo!!! ¡Deja el puñetero balón y tráete pan del chino!

El chico masculla malhumorado “puta vieja”, y da unas cuantas patadas más en un acto vano de rebeldía. Así es Sergio, pateando imaginariamente a su madre y al cabrón del padre. Pateando al tiempo, que a veces pasa tan despacio y a veces, tan deprisa. Hasta que su compañero agarra el balón y termina el juego. —Me largo tío, ahí te quedas.

En el chino Zhang, conocido en el barrio como Juan, que no entiende de fútbol pero sí de números, vuelve a fiarle a Sergio el pan. Y una cerveza. Juan lo mira desconfiado, pero accede porque Reme siempre paga. Y porque Sergio fue en primaria con Wei y su hija aún le aprecia. Wei, o Alicia, estudia en la trastienda los caracteres chinos de un periódico que un familiar trajo hace meses. Apenas entiende los titulares, pero lo intenta por no disgustar a su padre, que no quiere que olvide sus raíces como olvidó a su madre, a la que solo recuerda por fotos. A Alicia-Wei sí le gusta el futbol. Sobre todo, porque sus compañeras hablan de lo buenos que están los futbolistas. Porque así es más fácil integrarse en la manada. Oye la voz de Sergio y se le ocurre una idea. No lo piensa demasiado; si lo pensara no lo haría.

—Han vuelto a colar otro balón en el patio —se asoma y comenta al padre —. Ah Sergio, estás aquí —dice haciéndose la encontradiza—. Toma, llévatelo, tú sabrás de quién es  —y se lo entrega a un Sergio desconcertado, que lo coge mientras ella le roza disimuladamente los dedos.

Y al día siguiente Sergio espera a Alicia-Wei con el balón frente al bazar. Podía habérselo quedado pero ha decidido que no quiere nada de esa china. Que quién se ha creído para hablarle con tanta confianza. Que además, seguro que es falsificado, como todo lo chino.

—Toma, no es mío —le suelta abruptamente rehuyendo la mirada, mientras interpone el balón entre ambos como un escudo protector.

— Lo sé. Es de mi primo, pero ya no lo quiere. Quédatelo —contesta la chica. Y sale corriendo a la trastienda, que es donde mejor está, escondida. Metida entre apuntes prepara los exámenes finales. Pero se acaba de producir una grieta en su mundo ordenado de libros plastificados por donde se cuela un Sergio de ocho años con las botas gastadas y las rodillas magulladas. Siempre jugando al fútbol. También se cuelan otros niños llamándola “amarilla”, “chinorri”. Todos menos Sergio. Recuerda los cotilleos en el recreo sobre él y sus padres, las órdenes de alejamiento, juicios, hospitales y cárceles.  Sergio y las peleas; y la expulsión. También piensa en la pequeña Wei, y en Alicia. En Alicia-Wei. Niñita china, sel buena chica. Nunca ploblema. Ayudal a padle en tienda y estudial, estudial, estudial. Para presumir delante de su familia cuando va a verlos a ese país extraño repleto de gente con ojos alargados que no es como ella. Y donde no saben jugar al fútbol.

Levanta la cabeza, cierra el cuaderno y sale hacia las pistas. Allí está Sergio con sus quince años de mala suerte, dando patadas de rabia a un puto balón de chinos. Alicia-Wei se sienta en el borde de la pista, saca dos cervezas, enciende un cigarro y espera. Al rato Sergio se acerca como polilla a la luz. Le resulta curiosa esa chica porque le provoca rechazo, pero también atracción. La chinorri del colegio con la que todos se metían y ella nunca se quejaba. Va y se planta ahí con dos cervezas, con las piernas cruzadas enfundadas en un minúsculo pantalón que casi deja ver lo que no debe. Flaca, muy flaca. Casi plana. Y no es fea, ahora que la mira. Tiene labios carnosos pero mirada triste. La tristeza —piensa Sergio— le cuelga de la comisura de los parpados, le resbala por la mejilla y cae a la bebida creando una rara mezcla de cerveza y lágrimas invisibles. Y el humo que difumina su cara, como si tuviera uno de esos sombreros con velo de las películas de época que le encantan a su vieja.

— ¿Crees que Griezmann se irá? —pregunta Alicia-Wei.

—No sé —responde Sergio sorprendido.

— ¿Viste el gol que metió el otro día? —continúa Alicia-Wei

— ¡Qué pepinazo! Aunque soy más de Messi.

—…Ya.

Hace demasiado calor para estar en junio. No hay gente por la calle. Juega España en el mundial y el mundo guarda silencio. La vida está en el terreno de juego, arrebatando balones a diestro y siniestro. Callan incluso las hojas de los árboles, que permanecen inmóviles, como si fueran pinceladas en un cuadro. A lo lejos se perfila la figura de Reme subiendo lentamente la cuesta con una barra de pan, pero ninguno la ve. Continúan mirando a un punto indefinido en el horizonte y pensando en la naturalidad con la que ambos jugadores saben meter goles por la escuadra. Tan perfectos como los que la vida les mete a ellos.

 

 

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6 comentarios en “Por la escuadra

  1. Un buen relato, Sara. Me ha recordado un tanto a Carver dado que muestra un lienzo de historias posibles y otras soterradas. Una situación costumbrista donde el conflicto permanece latente. Un abrazo!!

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