La música, la lluvia

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Me gusta escuchar a Yann Tiersen cuando estoy triste. También cuando no lo estoy pero quiero estarlo. Porque la tristeza me lleva hacia adentro, a alejarme de la marea. Me gusta escuchar el sonido de las notas rasgadas en las cuerdas de un violín, el llanto lastimero del acordeón. Imaginarme en un París de color sepia, paseando a orillas del Sena. ¿Como se puede tener nostalgia de un sueño no vivido? Cierro los ojos y me monto en cada acorde del piano para viajar lejos de las estaciones de metro, del trabajo aburrido, de la sucesión de días y noches interminables, idénticos.

Me gusta mojarme bajo la lluvia sucia de un Madrid contaminado. Cuando llueve voy caminando al trabajo sin paraguas para empaparme hasta sentir frío. Me gusta la lluvia porque es un estado de excepción meteorólogico que rompe la rutina. El suelo del asfalto brilla como si lo hubieran lacado y los faros de los coches emiten una luz fantasmagórica. Todo tiene una atmósfera irreal. Y también me gustan los paraguas, para apoyármelos en el hombro y hacerlos girar más y más fuerte. Hacer como que no veo los charcos y meter los pies hasta calarme los calcetines.

Robo minutos a mis obligaciones en la oficina y dejo que Yann me cuente promesas incumplibles durante unos momentos. Luego consulto la aplicación del tiempo y cruzo los dedos para que no deje de llover. Aún no.

 

 

 

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