Taxi a ninguna parte

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Fotografía de Ryan Weidman

Marta es un poco excéntrica. Algunos dirían rara. Otros, que es muy especialita. Su madre nos diría que siempre fue una niña muy sensible. Para bien y para mal. En las reuniones familiares, cuando se llega a las anécdotas,  siempre se recuerda entre risas y agitando cabezas que, ya siendo un bebé, berreaba como una posesa como a su madre se le hubiera olvidado recortar la etiqueta de la ropa. El simple roce sobre su piel la ponía frenética. Hija, pareces la princesa del guisante, creció oyendo de labios de todos. Los jerseys le picaban y no los aguantaba un segundo. Tenía una piel tan sensible que detectaba la mas mínima oscilación térmica en cuestión de segundos. Podía pasar de estar bien a ponerse a tiritar si alguien abría la puerta. En verano, lo mismo pero al revés. Un nanosegundo más de la cuenta expuesta al sol de agosto, enrojecía su piel irremediablemente.

Pero Marta, con sus sensibilidades y todo, tuvo que crecer y ponerse a trabajar como cualquiera. Y como en la capital de provincia donde vivía no había mucho que rascar, no le quedó más remedio que venirse a Madrid. Y aquí la tenemos, sufriendo lo indecible subida a un tren cada mañana para llegar a la oficina. Hoy ya ha dejado pasar dos, porque su asiento estaba ocupado y había más gente de la cuenta en el vagón. Al tercero, el reloj ha decidido por ella. Ya llegaba media hora tarde. Así que ha respirado todo lo hondo que sus pulmones la han dejado y con el corazón a mil por hora se ha metido en el vagón abarrotado de cuerpos ya sudorosos a esas horas de la mañana. Ha tenido que sortear a un borracho que no tenía otro momento para desplomarse; aguantar el codo de  una señora clavado en sus costillas y la axila (afortunadamente bañada en desodorante) de un tipo trajeado pegada a su cara.

Marta busca su hueco, emparedada entre cuerpos que maltratan su delicada piel, encuentra una bolsa de aire y cierra los ojos rezando a todo el santoral para no marearse porque teme, ya no por sus sentidos, sino por su propia vida. Como digo, reza y cierra los ojos mientras el tren se mueve haciendo que la distancia entre ella y los otros se reduzca aún más si cabe. Cierra los ojos y sueña. Sueña con su Galicia, su mar, sus calles mojadas de lluvia impenitente. De lluvia que lava todo: el sudor, el olor, el tacto. Y sueña que se baja de este tren infecto. Alguien protesta porque Marta se ha parado y no avanza hacia adentro para que puedan entrar nuevos cuerpos. “Si no te gusta, cógete un taxi guapa”, oye decir. Y tanto que lo cogería. Es más, lo va a hacer ahora mismo. Así que sin dudarlo se  desintegra y se materializa dentro de un taxi. Uno de esos amarillos que salen en las películas yankis. Se repantinga y le dice al taxista que la lleve al mar. Ya sabe usted, a la cala donde solía hacer castillos de arena con mi prima Angelita. Y cuando están a punto de llegar, alguien le golpea la cara sin miramientos. Ha dejado la marca de sus dedos en su piel. Cuando abre los ojos sigue sentada aunque ya no está en el taxi. ¡Qué mierda! Pero mira a su alrededor y ha conseguido un enorme hueco en el vagón.

 

Colaboración para Los Viernes Creativos https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/12/01/viernes-creativo-escribe-una-historia-214/

y para el blog colaborativo Nosotras escribimos

 

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7 comentarios en “Taxi a ninguna parte

  1. Lo malo de los sueños agradables, esos que te transportan a nuestros lugares preferidos, es que, al despertar, te das de bruces con la cruda realidad, especialmente si esa realidad te resulta insoportable, como le ocurre a tu amiga Marta, jeje
    Un abrazo.

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