Terrores domésticos

“Lo que usted diga doctor Frankenstein”. Asentí divertida mientras mi hijo pequeño, ataviado con su disfraz favorito me aseguraba muy serio que podía devolver la vida a nuestro añorado gato. Me di la vuelta y seguí preparando la cena. Mientras tanto, eché un vistazo por la ventana y le vi jugando en el jardín. Mi pequeño científico estaba desenterrando afanosamente algo del suelo. Casi me muero del susto. Tuve que salir corriendo para evitar que sacara a la luz al hombre lobo que hacía años tuve que matar con una bala, aunque no fuera de plata.

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